¿Qué otro mito esta vinculado al caballo de troya?

Hola necesito saber la respuesta a esta pregunta de examen de filosofía y aunque lógicamente se lo del caballo de madera no se que se me pide porque no me he leído entera la obra contestar ahora porque mañana he de llevar la respuesta
Gracias
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Separar lo real de lo imaginario y los hechos históricos de la poesía homérica no es una tarea fácil, dada la lejanía en el tiempo y la escasez de vestigios que han llegado hasta nosotros. No obstante, sí hay datos que nos permiten ser concluyentes sobre ciertos aspectos, el primero de los cuales nos indica que Troya no fue fruto de la invención de un escritor ciego de Asia Menor, sino que existió de verdad y que hubo una guerra y un incendio que, en efecto, acabaron con ella. El problema es que Heinrich Schielmann, el comerciante alemán que halló los restos entre los años 1870 y 1871, no descubrió una sola Troya sobre la colina turca de Hissarlik, sino nueve -una encima de otra-, la última de las cuales habría sido reconstruida por Julio César. Actualmente, la mayoría de las hipótesis señalan que la Ilion del relato homérico fue la séptima, en la que hasta sus fuertes muros presentan la huella del fuego.
El conflicto estalló en la primera mitad del siglo XII a.C. y duró 10 años, aunque lo más seguro es que los aqueos o argivos -los griegos micénicos, herederos de la cultura minoica- no mantuvieran el asedio durante todo ese tiempo y lo alternaran con saqueos a las ciudades aliadas o dependientes de los troyanos. Desde luego, lo que es incuestionable es que la guerra no empezó por culpa de Helena ni por una absurda disputa entre tres diosas caprichosas.
Más bien, habría que buscar sus causas en la lucha por el control comercial del Egeo y, singularmente, del Helesponto, el estrecho corredor de los Dardanelos por el que se accede al Mar Negro, en cuya base se encontraba la correosa ciudad que protagoniza esta historia. Cortar el tráfico marítimo de otros pueblos hacia las fuentes de la riqueza o expoliarles a base de impuestos y tasas aduaneras parece una excusa más convincente para emprender una guerra que los deseos de venganza de un rey con cornamenta.
Una vez aclarado que lo más probable es que Paris se dedicara antes a abordar navíos que a raptar reinas, es imprescindible referirse a quienes participan en la gesta. Si descontamos a los dioses, que intervienen de forma decisiva en muchos lances de la contienda, ¿alguno de esos mitológicos guerreros existió? Héctor, los Ayax, Aquiles, Patroclo, los reyes Agamenón, Menelao y Príamo, Odiseo (Ulises), Eneas y tantos otros..., ¿son todos personajes de ficción? La respuesta sólo puede ser afirmativa, aunque cabe la posibilidad de que algunos de estos nombres pertenecieran a personajes reales a los que luego se dotó de un aura de leyenda que borró todo rastro de su existencia.
No echemos la culpa a Omero. La Ilíada se escribió casi 400 años más tarde -mediado el siglo IX a. C.-, después de una «Edad Oscura» en la que desaparecieron naciones enteras, la gente volvió a vivir en cuevas y se extinguió hasta la escritura.
Además, es muy probable que el relato no proceda de un solo autor. Está demostrado que La Odisea, atribuida asimismo a Omero, se escribió dos o tres generaciones más tarde que La Ilíada. Y se sospecha también que el eximio poeta tuviera a su disposición un taller de escribas que le ayudara a completar la tarea.
No hay que caer, pese a todo, en la más absoluta de las incredulidades con respecto al texto, pues, como demostró Schielmann al descubrir la ciudad guiándose por las indicaciones geográficas que aparecen en el relato, también contiene muchos visos de verosimilitud. En el armamento, por ejemplo, que nos presenta cascos hechos con colmillos de jabalí o escudos en forma de ocho, los cuales han sido encontrados posteriormente en diversos ajuares funerarios.
A este respecto, el episodio de la muerte de Aquiles puede resultar menos fantasioso de lo que se creía. Todo el mundo sabe que Aquiles debía su invulnerabilidad a que fue sumergido por su madre, la ninfa Tetis, en la laguna Estigia cuando era un bebé. Su único punto débil era el talón de donde lo habían sostenido y ahí fue donde le hirió la flecha de Paris que, guiada personalmente por Apolo, le causó la muerte.
Todo parecería, como digo, un bonito cuento de no ser porque en 1960 se produjo un extraordinario descubrimiento en la localidad de Dendra, próxima a Micenas: una armadura que fue fechada en el siglo XV a. C. y que cubría al guerrero -quien probablemente iría subido en un carro- de pies a cabeza. Lo extraordinario es que la única zona que no protege la pesada armadura de bronce es la parte posterior de las piernas. ¿Es una casualidad o, por el contrario, Omero sabía perfectamente de lo que estaba hablando?
Que alguien fuera herido en esa zona, causando su caída del carruaje, y posteriormente rematado en el suelo no parece en absoluto una idea descabellada. Y que la flecha estuviera envenenada tampoco puede descartarse.
La cuestión del caballo
Ocupémonos ahora de quien es la estrella indiscutible de este duelo: el enorme caballo de madera que -según se narra en La Odisea, que no en La Ilíada- albergó a Aquiles y a sus 99 hombres y fue la llave que permitió la destrucción de Troya. Una réplica aproximada se encuentra junto a las ruinas de la ciudad, en Hissarlik, pero basta verla para darse cuenta de que había que ser muy incauto para que tal estratagema diera resultado. Aunque efectivamente Poseidón hubiera enviado contra Laoconte y sus hijos dos serpientes marinas que los devoraron, parece imposible que alguien no se asegurara de comprobar lo que pudiera haber en su interior.
Sin vestigio alguno que corrobore la versión clásica, que es también la más efectista, han surgido otras teorías. Hay expertos que aseguran que la única explicación posible para la presencia del caballo es que éste era el símbolo de las tropas griegas, con el cual adornaban también las proas de sus naves. No sería extraño, ya que, por ejemplo, las naves de Gades -la actual Cádiz- también fueron portadoras de ese símbolo durante siglos.
No obstante, la hipótesis más extendida es la de que los argivos lograron entrar en la ciudad gracias a la colaboración de un traidor, al que además dan un nombre: Antenor. Supuestamente ofendido por el rey Príamo de Troya, habría sido él quien dibujó un caballo en los muros de la ciudad para indicar así a los atacantes cuál sería la puerta por la que les facilitaría la entrada.
Restan aún algunos flecos, que difícilmente podrían aparecer en una película destinada al consumo masivo. Me refiero muy concretamente al asunto de la homosexualidad, cuya presencia está latente a lo largo de toda la obra. Desde luego, la relación entre Aquiles y Patroclo va más allá de la simple amistad varonil. La homosexualidad era una opción absolutamente natural en el mundo helénico y que una de sus unidades militares más famosas -la legión tebana, o el batallón sagrado, que fue derrotada por Filipo de Macedonia en Queronea- estaba compuesta por parejas de amantes que jamás abandonaban a su compañero herido sobre el campo de batalla. Tales afectos se atisban de continuo en La Ilíada, pero sin duda no se verán reflejados en el celuloide.
Fantasía o realidad, historia o leyenda, la conclusión en cualquier caso, siempre es la misma: nos hallamos ante una de las mayores epopeyas de la Humanidad, ante unos hechos tan fabulosos y extraordinarios que tres milenios después aún siguen vigentes. Aquí hemos intentado deslindar uno y otro terreno, pero siempre nos quedará en la memoria el cadáver de Héctor arrastrado por el carro de Aquiles y la silueta nocturna de un equino amenazando el futuro de una civilización. Y así seguirá siendo, por mucho que descubramos, hasta el final de la noche de los tiempos.

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