Roma imperial. Estructura política

Saludos doctoryes:
Estoy interesado en la estructura política de Roma y la de Judea en la época de Jesús.
Gracias de antemano
Sicilia
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Saludos
Como ya debes saber, Jesús nació bajo el gobierno de Octavio, primer emperador de Roma que se caracterizó por eliminar todos los vestigios de la Roma republicana, para ello realizó una serie de reformas, entre las que se cuentan:
Octavio, que en realidad era un miembro del orden ecuestre fascinado por la aureola optimate, no continuó las reformas políticas de César y prefirió construirse un Senado a su medida tras participar en el asesinato de decenas de senadores.
Políticamente, el régimen de Augusto es un pastiche, entre el proyecto de César de la unificación de los poderes militares en una sola persona y la parodia de la restauración republicana. Con Octavio, el poder del Senado fue reducido a la nada, manteniendo las formas, pero con un Senado purgado a espada que se atropellaba por conceder al nuevo amo poderes y honores que hubieran hecho palidecer de vergüenza a César. La diferencia entre la escena de las Lupercales, con un ebrio Marco Antonio ofreciendo una corona a César y éste respondiendo aquello de "Llevádsela a Júpiter" y el número teatral en el que Octavio se echa a llorar implorando a los senadores que "le liberen del peso del poder", es la diferencia que hay entre un César que ha dicho lo que pretende y eso es lo que quiere y un Octavio que no quiere que nadie sepa lo que quiere, aunque ya lo tenga.
La misma raíz del régimen de Octavio hubiera repugnado a César. Éste, jamás tomó ningún tipo de represalia contra sus enemigos, a pesar de haber ganado una guerra civil. Octavio comenzó su camino al poder asesinando a más de 3.000 personas. Prácticamente todo el Senado fue pasado a cuchillo. El régimen de Octavio no fue el régimen que César tenía en la cabeza, ni mucho menos, pero fue el que se construyó Octavio, y eso es algo que hay que diferenciar en honor a la Verdad.
El programa de creación de colonias de César fue retomado por Augusto, y al final se demostró que era, tal y como César había vaticinado, la piedra angular de la romanización del Imperio. Pero Octavio no compartía ese fin intelectual de César sobre el Imperio Universal, ya que para Octavio fue tan sólo el medio para aparcar a los veteranos de su ejército tras las guerras civiles. César presentó un proyecto de ley al Senado para ampliar la concesión de la ciudadanía romana a partir de las ciudades romanizadas, y de hecho, las colonias debían servir para ampliar esa marea romanizadora de unificación cultural. Pero ese proyecto fue abandonado por Augusto quien hizo todo lo contrario: restringir la concesión de la nacionalidad romana proyectada por César, y aún así, hay que admitir que desde luego fue mejor solución que la que la oligarquía optimate propugnaba, todo hay que decirlo.
Octavio fue un gran reformador, reconstruyó el estado romano adecuándolo a las necesidades concretas, y tuvo éxito, ya que era un hombre de gran inteligencia, un perfecto burócrata para emprender esas reformas que algunos indocumentados pretenden que eran las de César. Nada más falso. Octavio no siguió el programa de reformas propugnado por César, Octavio siguió su propio camino, una especie de "tercera vía", a caballo entre algunas ideas de César y las suyas propias, con la que trató de contentar a unos y a otros. No se trata de hacer una crítica generalizada, ya que la mayor parte de esas reformas de Octavio se demostraron muy acertadas, y aquí nadie discute su capacidad como administrador, que se reveló de grandísima categoría. Lo que señalo es simplemente que Octavio no siguió el programa de César. Tenía los mismos enemigos que su tío-abuelo, pero lo que hizo fue crearse una nueva clase oligárquica a su medida.
Mientras tanto en Judea, provincia romana, las exigencias eran muy simples, el pueblo judío debía obediencia absoluta al emperador de Roma denominado César, y pagar sagradamente los impuestos, sin embargo, un sentimiento de odio y resistencia a la dominación romana se incubaba en Judea justo cuando Jesús comienza su prédica.
Cuando el rey Herodes el Grande, vasallo de Roma, murió el año 4 a.C., Augusto cumplió su última disposición y dividió su dominio entre tres de sus hijos. Arquelao obtuvo la parte principal, Judea, Samaria e Idumea, pero no como rey, sino sólo como etnarca. Herodes, a pesar de algunos éxitos políticos y económicos, no había conseguido reconciliar a todos los judíos con la dinastía en sus treinta y tres años de reinado. Por ello, inmediatamente después de su muerte y antes incluso de que Augusto hubiera confirmado el testamento, hubo revueltas en Judea y Samaria. En el movimiento más importante, que encabezó Judas Galileo, y que encontró seguidores en el pueblo sencillo, a la oposición a los hijos de Herodes y a Roma se unían metas religiosas, mesiánicas y de revolución social. A los ojos de la capa dirigente, que en buena parte rechazaba a la dinastía de Herodes, con sus proyectos de gran alcance, Judas y otros ¡ Dirigentes jugaban un juego peligroso, que amenazaba la paz de la región: Para ellos la mejor solución sería que los romanos pusieran el país bajo su administración provincial. En vano, una legación judía le propuso a Augusto que negociara con los hijos de Herodes. Aquél sólo satisfizo el deseo de una segunda legación diez años más tarde, toda vez que Arquelao no conseguía pacificar su región. El emperador lo destituyó el año 6 d.C. y puso Judea y Samaria bajo un praefectus Iudaeae. Roma se ha- vía servido siempre de la aristocracia local en la organización y dominio de las provincias. Esa política satisfacía la petición del estrato superior judío, integrado por la nobleza sacerdotal y los grandes propietarios, que simpatizaba con el gobierno saduceo de los judíos.
La resistencia popular recibió nuevo impulso cuando el gobernador sirio Publio Sulpicio Quirino impuso el mismo año el primer censo provincial y añadió al impuesto del suelo, el tributum soli, que los judíos tenían que pagar a Roma ya bajo Herodes, el tributum capitis, el impuesto por cabeza. Para los rigoristas, entre ellos los fariseos, el impuesto anual de un denario por cabeza se enfrentaba al mandamiento de no re- conocer a ningún señor extranjero al Iado del propio dios. El sumo sacerdote prorromano Joazar, en el intento de reconciliar a los rebeldes con el censo, perdió todo su prestigio, de forma que resultó inútil para los romanos y Quirino lo destituyó. El sucesor de Joazar, Anás, ocupó el cargo 10 años (6-15 d.C.), su yerno Caifás 20 años más (17-37 d.C.). Am- vos se entendían abiertamente con los administradores, que no temían c poner y quitar sumos sacerdotes año tras año.
El impuesto por cabeza siguió como manzana de la discordia, gravando sobre todo a los más pobres en época de malas cosechas. En el año 17 Siria y Judea solicitaron en Roma el aligeramiento de los impuestos, no sabemos si con éxito. Las tensiones prosiguieron, y volvieron a aparecer hombres, que consiguieron seguidores con consignas antirromanas, los límites con el bandidaje se borraban fácilmente. Ellos mismos se presentaban como reyes, pero para los romanos y muchos judíos no eran otra cosa que bandidos. Flavio Josefo I concluye sobre tales movimientos:
Judea estaba llena de bandidos que se agrupaban a la ventura en torno a cualquiera que surgiera como rey y apuntara a la destrucción de la comunidad; sólo algunos romanos sufrían daño, pero asesinaban a grandísimo número entre sus compatriotas.
El "bandido" Barrabás que había tramado una revuelta en Jerusalén y cometido un asesinato, por lo que Pilatos lo mantenía en prisión, podía haber sido uno de esos "reyes".
Cuando algunos fariseos intentaron poner una trampa a Jesús, para entregarle a los romanos, le sondearon sobre si se debía pagar tributo al emperador. Esperaban que se traicionara como uno de los reyes que se aprovechaban del amplio descontento sobre el tributum capitis. Lucas precisa también la acusación que los sumos sacerdotes presentaron contra el "rey" Jesús: "Hemos encontrado que éste seduce a nuestro pueblo y le impide pagar impuestos al emperador, y afirma de sí mismo ser un rey ungido". Ni Lucas ni sus informadores leyeron el escrito de acusación a causa de la agitación política provocada por los sumos sacerdotes junto con la acusación oral. Para conocer el principal cargo, bastaba el letrero de la cruz. Quien viera a Jesús maniatado camino del pretorio y conociera la situación política de Judea, quien supiera además que ningún gobernador romano se ocupaba de las disputas religiosas de su provincia, a menos que amenazaran el orden público, podía imaginar la acusación que iniciaría el proceso.
Igualmente seguro era que Pilatos se ocuparía inmediatamente de la acusación de alta traición para saber qué alcance tenía la atracción popular de Jesús. La seguridad de la provincia y la suya propia dependían de ello. Ninguno de los evangelistas duda que Pilatos realizase todo el esfuerzo posible para averiguar qué había en la acusación de los sumos sacerdotes. En los sinóptico es reanuda dos veces el interrogatorio, en Juan incluso tres. Su insistencia se ajusta, como veremos, a la imagen que ofrece el resto de su administración. En los Evangelios hay un eco del respeto por el sistema judicial romano, que también elogiaron provinciales griegos, contemporáneos algo más jóvenes de los evangelistas. Un juez cuidadoso tenía que examinar rápidamente hasta qué punto era consistente la acusación política contra Jesús. Los reyes bandidos y los revoltosos, con quienes Pilatos se las había tenido que ver hasta entonces, eran de otra talla. Sobre ello era también unánime el consilium de juristas, que tenía a su lado, como era usual. Los Evangelios no lo mencionan, pero Lucas lo sustituye en cierta medida por la historia inventada posteriormente de que Pilatos obtuvo de Herodes Antipas, señor territorial de Jesús como tetrarca de Galilea, la confirmación de que el acusado era inocente. En Mateo está la petición ficticia de su mujer que afirmó a Pilatos en su idea. Si el praefectus Iudaeae hubiera interrogado a alguno de sus cobradores de impuestos, con quienes Jesús se encontraba con frecuencia amistosamente, por lo que había sido insultado por sus correligionario, le habría asegurado que el rabí era un súbdito leal del emperador, que no rechazaba el impuesto de capitación y que se había sustraído incluso a una gran multitud que quería hacerle rey después de una distribución de alimentos.
Pero el gobernador adivinaba la táctica de los sumos sacerdotes y no le habría sorprendido que tras las acusaciones contra Jesús no hubiera simplemente sino una de las conocidas disputas judías sobre religión.
Como puedes ver Jesús y su mensaje llego en el momento equivocado y su mensaje filosófico religioso fue confundido con un manifiesto político
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