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como debo actuar con mi hijo de 13 años

Experto:
Usuario:
Fecha: 03/12/2007
Valoración: (4,00 sobre 5) Categoría: Salud mental
08/11/2007
eclipse_7, usuario preguntando en Salud mental
Usuario
HOla, soy una madre de dos niños el mayor de 13 lleva años desde que tuve al pequeño de 6 que se orina en la cama, no obedece, es un mentiroso compulsivo incluso creo que se cree sus propias mentiras ya que me niega cosas que yo misma veo, sus contestaciones son provocativas y no se si lo hace por celos o para provocar que me irrite, no le afectan ni los castigos, no se como debo actuar, temo que vaya creciendo asi y no pueda con el dentro de un par de años, como debe ser mi actitud frente a sus contestaciones y o reacciones?en los estudios tampoco le van muy bien se distrae con todo y es un niño muy infantil por su edad. Muchisimas gracias con antelacion
10/11/2007
eclipse_7, experto respondiendo en Salud mental
Experto
Hola eclipse7:

En primer lugar, felicitarte por tu amor y preocupación por tu hijo. Creo que lo que debes es leer cosas buenas sobre la preadolescencia y la adolescencia.

Lo que sigue lo he copiado par ti de www.interrogantes.net Que es una página muy buena que te recomiendo que visites siempre que necesites consejo serio y profesional.

Un cordial saludo.

Educar en la preadolescencia

>> Nunca alcanzarás una meta
más elevada
que la que te hayas propuesto.
E. G. White

Es frecuente que con la llegada de la adolescencia se produzcan unos signos de alarma en la educación de los hijos que preocupan enormemente a sus padres. El problema es que entonces muchas veces ya es un poco tarde para aplicar remedios eficaces.

Se habla y se escribe mucho sobre las diversas soluciones para las crisis del adolescente, pero todas valen de poco si su tratamiento no comenzó desde mucho antes. Serían catorce o quince años de educación difíciles de rectificar de la noche a la mañana.

Cuando se busca qué tienen en común las familias que han tenido éxito en la tarea de educar, casi siempre aparece un factor que se repite: establecieron un plan claro de educación de sus hijos desde muy pequeños.

La mayor parte de los problemas que se van a presentar podrán detectarse antes de que lleguen a serlo realmente: es cuestión de actuar a tiempo.

-Pues yo a veces pienso que cada uno es como es, desde su nacimiento. Mis hijos, por ejemplo, que son aún pequeños, se han educado en el mismo ambiente, y sin embargo son muy distintos unos de otros. Eso demuestra que esto de la educación es algo bastante relativo.

No te digo que no. Es verdad que cada uno es como es. Pero me imagino que no querrás abandonar a la ventura su educación con esa excusa. Un chico de diez o doce años es todavía un interrogante abierto, está aún muy por hacer, y de la educación que reciba dependerá en mucho su futuro.

Ciertamente hay mucho impreso en él ya desde su nacimiento, pero coincidirás conmigo en que vale la pena esforzarse por educarle, y que ese esfuerzo aporta más que la simple herencia genética.

-En eso estamos de acuerdo; si no, no estaría leyendo este libro. Lo que te pido por favor es que no me vengas con fórmulas mágicas, porque si las hubiera ni se leerían estos libros ni estarían las cosas como están.

Descuida. No lo haré. No hay recetas mágicas; o, si las hay, por lo menos no existen formas fáciles de llevarlas a la práctica. Sería como preguntar a un campeón de ajedrez o a un gran futbolista cuál es la clave de su éxito. Lo normal es que no obedezca a una buena jugada como tal, sino a un conjunto de ideas que ha sabido conjugar acertadamente.

Hay que lograr combinar, pues, cada uno a su manera, las diversas premisas básicas en educación. Como sucede con el pintor, que casi nunca emplea colores netos, sino que los mezcla en la paleta hasta lograr un resultado final lleno de personalidad.

-Y sé positivo también, por favor.

También procuraré serlo, porque la educación ha de estar siempre presidida por el optimismo acerca de la capacidad de cambiar que tiene el hombre.

Educar ha de ser una labor creadora y positiva, pues -como ha escrito C. S. Lewis-, el objetivo del educador no puede ser talar bosques, sino fertilizar desiertos. Y este es el tono que desde el principio quiere tener este libro.

La calidad de vida de una persona depende en mucho de su educación. Es algo fundamental para el bienestar individual y colectivo. El chico será feliz y estará preparado para el futuro -eso es lo que pretendemos- si quienes estamos comprometidos en su formación logramos inculcar en él ideas sanas, criterios sensatos y valores adecuados. La gente más feliz no es la que más dinero tiene, ni la más dotada por la naturaleza, ni la que disfruta de más comodidades. A veces, incluso esos son los más insatisfechos.

Aprender a ser feliz requiere toda una capacitación, una educación de la interioridad personal. Su felicidad dependerá en gran medida de cómo se desenvuelva más tarde en un ambiente que muchas veces será permisivo y difícil. Y la preparación para esa etapa ha de empezar mucho antes de la pubertad: así lo han comprobado en su propia carne muchos padres, después de llevarse un buen disgusto.

-Oye, y si tanto depende de cómo se educa, ¿por qué hay padres fenomenales con hijos que son un desastre, y padres caóticos con hijos encantadores?

Aunque esos casos parezcan muy numerosos, son proporcionalmente pocos. Lo normal es que los hijos salgan a sus padres: de tal palo, tal astilla.

Lo que es una lástima -y sí es más frecuente-, es encontrarse con padres que son buenos y ejemplares, pero que no se han esforzado por aprender la ciencia y el arte de educar, y no les ha ido nada bien.

El esfuerzo por educar siempre tiene su premio. Además, su primera consecuencia es que hace mejorar al educador como persona. Sólo por eso ya merece la pena tomárselo muy en serio.


Lo propio de la edad

>> Si existen dos actitudes morales
que nuestro tiempo necesita con urgencia
son el autocontrol y el altruismo.
Daniel Goleman

Rasgos de su carácter

Todo lo que digamos sobre las características generales de un chico de diez o doce años serán..., eso, generalidades. Pero es útil pararse a analizarlas, introducirse en la profundidad y riqueza de su carácter, lograr sintonizar con la frecuencia de su efervescente personalidad, porque es algo clave para acertar en su educación.

Ciertamente, las circunstancias en que se ha desarrollado la vida de cada niño condicionan bastante su forma de ser y su carácter, pero hay todo un conjunto de rasgos que son comunes a esta edad. Tratemos de describirlos.

El carácter de un chico a los diez u once años ha alcanzado ya normalmente un considerable grado de equilibrio, como si se tratara de una madurez de su etapa infantil. El antes complaciente niño de ocho o nueve años presenta ahora rasgos más definidos de afirmación de su personalidad, de curiosidad y de sociabilidad.

Es inquieto, investigador, movido. No puede estar parado. Habla con desparpajo y con un ingenio que suele hacer gracia a los mayores. Se pregunta de continuo el porqué de cada cosa. Escudriña a los adultos, los estudia con mirada penetrante, hace radiografías de cada gesto, de cada reacción, de cada modo de hablar.

Le gusta explorar, curiosear, descubrir, entrometerse. Tiene una ruidosa espontaneidad sin mucho criterio que le hace alternar fácilmente lo ocurrente y simpático con lo inoportuno o grosero.

Su vida emocional presenta frecuentes contrastes. En poco tiempo puede pasar de un espectacular enfado a una explosión de risa. Es voluble en su estado de ánimo. Puede estar gruñón e insoportable por la mañana y alegre y juguetón por la tarde. Otras veces alternará días buenos con días sombríos. Su mal humor puede aparecer en cualquier momento, aunque no suele durar mucho: no es hombre de resentimientos.

Necesita hacerse oír. Es fácil verle alzar la voz o buscar con ansiedad el protagonismo. Tiene, por naturaleza, el deseo de atraer la atención sobre sí. No conviene ser cómplices de esa tendencia mostrando excesivo interés por él en detrimento de los demás.

Es travieso e incansable. La actitud de los padres ante sus trastadas deja enseguida su huella en el carácter del chico. Cuando le hacen frente con demasiada rigidez se suceden continuos episodios de irritación familiar. Si, por el contrario, las dejan pasar, su forma de ser cristalizará en un carácter molesto y prepotente. Acertar con un juicioso término medio entre ambas actitudes extremas es un continuo reto en su educación.

Manifiesta exuberancia, curiosidad, talante extrovertido y hablador, incluso una cierta ansiedad. Le falta aún bastante sentido de la medida y de los matices. A veces no comprende bien el alcance de lo que hace; cuando alguien bromea con él, es fácil que el chico acabe por faltarle al respeto.

El hecho de que por lo general se porte mejor fuera de casa, no debe extrañar a los padres. Puede y debe verse como algo positivo: cuando quiere, sabe comportarse bien. Es una actitud bastante común en esta edad.

Es fácil contemplarle en rebeldía, y oírle decir que hace lo que le da la gana, que no tiene por qué obedecer en todo a sus padres, que ya es demasiado mayor para hacer siempre lo que ellos quieran... pero nada le gusta más que sentir la protección del padre o de la madre a la primera dificultad.

No suele buscar el aislamiento. Si tiene habitación individual, no acostumbra a permanecer encerrado en ella. Le gusta gravitar en torno a los demás, estar con todos, aunque a veces manifieste deseos de independencia. Interrumpe y molesta, pero también tiene una capacidad desusada para la alegría y la risa. Es la alegría de la casa.

Prefiere contradecir a responder. Con el tiempo aprenderá a poner equilibrio en esos impulsos. No es malicia premeditada ni simple obstinación, es parte de esa crisis de consolidación de su carácter. Otras veces le gusta establecer cordiales intercambios de opiniones, casi siempre fuera de casa, y le encanta profundizar en el conocimiento de todo.

A esta edad empieza ya a ver a los adultos con otros ojos, de menor admiración y mayor sentido crítico. Censura su comportamiento y sus palabras. No es que disminuya su cariño, pero hay quizá un exceso de suspicacia para encontrar defectos, cierto ánimo discutidor, cierta inclinación a insultar, a gritar, o a contestar de forma insolente. Pese a ello, el chico sigue conservando un fuerte sentimiento de lealtad y apego hacia su hogar. Su turbulencia no proviene de un antagonismo con la vida familiar.

Habitualmente procura decir la verdad, pero si se le hace demasiado difícil puede acostumbrarse a mentir. Está en una etapa importante para consolidar su educación en la veracidad y necesita apoyo. Resultará negativo que una excesiva severidad le dificulte ser sincero.

En contraste con lo que sucede a las chicas de la misma edad, normalmente, a los diez u once años el interés del varón por el sexo opuesto aún es bajo, y puede incluso afirmar que las niñas no le importan, o que son cursis y aburridas. Es fácil, por ejemplo, verles jugar en el colegio o en la urbanización en grupos separados de chicos y de chicas.

No es extraño que, cuando salen en grupo, tiendan a un cierto gamberrismo de poca malicia contra el otro sexo. La conducta colectiva tiene mucha fuerza y la conciencia de grupo les lleva a hacer cosas que quizá no harían solos.

A los doce, en muchos casos, las cosas pueden haber cambiado y ese interés puede surgir con una fuerza hasta entonces desconocida. Son los primeros albores de la adolescencia. Esa atención por las chicas quizá se torne de nuevo en cierta indiferencia a los trece, pero, desde luego, ha llegado ya a un nivel cronológico de interés por el sexo opuesto.

Con el paso del tiempo empieza a reivindicar para sí el derecho a tomar determinadas decisiones por sí solo, y disfruta con ello. Esto constituye un saludable síntoma de crecimiento mental. Comienza a experimentar en su interior con especial fuerza la nueva libertad de la elección responsable.

En algunos casos pueden aflorar ya rasgos característicos de la pubertad. A lo mejor no le gusta ir por la calle con su madre. O todo quiere hacerlo con sus amigos. O, no sabe por qué, pero se siente tiranizado por los padres y presenta ingenuas muestras de independencia. O no cuenta casi nada y da respuestas cortantes y lacónicas.

Son pequeñas afirmaciones de su personalidad, ante las que una madre prevenida y un padre sensato, saben aflojar la cuerda prudentemente. Ya volverán las aguas a su cauce en poco tiempo. Unos padres ingenuos y asustadizos pretenderán introducirse entonces en la intimidad del chico, precisamente ahora que él trata de cerrarse.

Son momentos en los que se advierte con diáfana claridad que se ha perdido terreno, y que quizá incluso se ha llegado ya un poco tarde. En vez de lamentarse por haber dejado pasar tantas oportunidades de ganar en confianza con el chico cuando éste lo ponía más fácil, se trata ahora de aprovechar mejor las ocasiones que se presenten en el futuro. Estamos casi la última etapa en la que aún es fácil para los padres trabar una relación profunda con la psicología del chico. No hay tiempo que perder.

La candidez, el ardor y la simpatía se combinan en un confuso proceso de crecimiento. Quizá es ahora menos insistente y más razonable, más compañero de los suyos. Hace gala de un mayor discernimiento y discreción. Recurre más a ganarse la aprobación de los demás que a las anteriores presiones y desafíos. Ya no muestra un egocentrismo tan ingenuo, y es capaz de considerar a sus mayores, e incluso a sí mismo, con cierta objetividad.
Trata de parecer mayor. Quizás afirma con facilidad que ya no es un niño y que no debe considerársele como tal. Este proceso de madurez no es uniforme ni constante, y desconcierta muchas veces al adulto por sus fluctuaciones y su inestabilidad.
Todas sus actitudes encierran un gran potencial para el bien, pero que puede ser mal encauzado en un hogar desordenado, un colegio inadecuado o un ambiente adverso. Puede decirse que

La etapa de los
diez a los doce años
es un periodo clave
en la formación de la personalidad.

Y sobre todo en aspectos como la razonabilidad, la comprensión y el buen humor. Hay que estar atentos para que esas cualidades cristalicen en rasgos firmes de su carácter.

Algunos autores señalan su expansivo entusiasmo como el rasgo principal de esta edad. Se apasiona por una comida que le apetece, por un amigo que le ha caído bien, por una película o por un capricho. Se zambulle en lo que le interesa. Le deleita el debate y la discusión. Le gusta ejercer sus capacidades intelectuales y hacer demostraciones de memoria o ingenio. Cualquier concurso en el que haya puntos, competencia, dinero de ficción o posibilidad de ser elogiado, tendrá con él un éxito asegurado.

Es una edad estupenda para fomentar su afición a la buena lectura y sus deseos de saber. Suelen interesarle los cuentos, relatos, biografías o novelas sencillas, cuyo argumento capte su atención. No suelen gustarle, por el contrario, los libros o películas de carácter romántico o sentimental, y aún no entiende bien cómo pueden tener tanto atractivo para los adultos.

También es edad de asombrosas iniciativas, de actitud expeditiva y aires de ejecutivo. Exigirá realización inmediata para sus buenas ideas, pues su confianza y seguridad en sí mismo suelen ser arrolladoras.

Es poco permeable a las abstracciones. Las ideas no suelen interesarle si no van envueltas en una imagen o, mejor aún, en una acción. Por eso es tan importante hablarle con un lenguaje concreto, emplear imágenes y comparaciones claras, y mostrar con ejemplos lo que se le quiere decir.

En estos años el chico es ya más hábil para descifrar las expresiones emocionales de los demás y ser sensible a los sentimientos ajenos. Tiene curiosidad por saber cómo son los demás niños. Se plantea con frecuencia si él es raro por sus sentimientos o inquietudes, y se pregunta por los intereses ajenos.

Es bastante sensible a la intranquilidad y al nerviosismo. La agitación le desconcierta. Ver en sus padres una cara de desánimo o de fatiga mal disimulada le contagia y tiene en él un reflejo inmediato.

Espera de los adultos
seguridad y coherencia,
decisiones sabias y maduradas.

Suele enorgullecerle saber soportar el dolor físico sin quejarse, o ser capaz de resistir el frío o el calor, o cualquier cosa que se plantee como prueba de madurez. Es una buena edad para inculcar la paciencia y la reciedumbre. Por lo general logra reprimir mejor las lágrimas y la violencia. Acepta la autoridad y disciplina justas, y a veces busca, incluso, la autodisciplina.

Encierra ya modos de pensar, de sentir y de actuar que prefiguran nítidamente su carácter futuro. Es extraordinario que estos indicios de madurez adulta se presenten tan temprano en el ciclo del desarrollo adolescente, como si la naturaleza quisiera desde muy pronto proporcionarnos una visión general de sus mecanismos secretos y de sus reservas latentes.



Actitudes e intereses: una época de contrastes

A los diez o doce años quizá se encuentre menos seguro que antes sobre su futuro. A lo mejor sueña con ser un gran futbolista, un cantante famoso, o simplemente con tener un caballo o dirigir una granja. Es frecuente que todavía se encuentre bajo la influencia de las profesiones de sus padres, pero puede tener ya sus ideas propias, aunque más confusas de lo que aparenta.

Quizá haya pensado ya en el matrimonio y puede sorprendernos afirmando que no quiere casarse o que le falta poco para hacerlo. En cuanto a los hijos, no sería extraño que explicara con detalle el número de los que piensa tener.

Le hace particularmente feliz el éxito en su trabajo escolar. Al tiempo, le puede hacer perder su buen ánimo una acumulación de tareas para el fin de semana o el día antes de un sencillo examen.

En general no se muestra ahora tan temeroso como antes, pero echa bastante de menos la presencia del adulto. A menudo no le hace ninguna gracia, por ejemplo, quedarse solo en la oscuridad. A lo mejor mira debajo de la cama antes de acostarse. O quizá oye ruidos cuyo origen ignora y teme la presencia de un intruso. Puede haberle afectado una película de excesivo terror o suspense, y desde entonces alberga nuevos temores.

Contrasta sin embargo su ánimo decidido y resuelto para muchas otras cosas. No suele tener miedo a la velocidad ni al riesgo físico, normalmente por una falta de experiencia que le lleva a hacerse poco cargo del peligro en general, salvo que la memoria de un accidente le haga ser más prudente.

Se ha tornado mucho más consciente de su aspecto físico. Tiene una clara noción de lo que viste la mayoría de la gente y es raro que vaya en contra de esas corrientes. Si está de moda tal pantalón, aquella camiseta o esa cazadora, no quiere otra cosa. Puede acabar entendiendo muchísimo de marcas de vaqueros o de zapatillas de deporte.

Empieza ya a preocuparse de que las prendas hagan juego y de combinar los colores. Para desesperación de los padres, esta exigente atención a la elección de la ropa no suele extenderse a su conservación y cuidado. Le gusta dejar que se amontone y que sea mamá quien tenga que insistir para que quede bien doblada o para echarla a lavar o a planchar. Una excesiva transigencia con esa conducta malogrará hábitos tan propios de esta edad como son el preocuparse por sus cosas y tener ordenados su armario y su habitación.

Poco a poco va perdiendo su resistencia a trabajar mostrada en épocas anteriores. Reconoce cuales son sus deberes y no suele oponerse a cumplir con sus obligaciones. Puede no hacerlo por propia iniciativa y sigue siendo necesario recordárselo, pero de tanto en tanto llega a dar pruebas de verdadera buena voluntad. Tiende a querer hacer todo en un minuto. Por lo general es más responsable cuando los padres están ausentes o no muy pendientes de él:

Hay que darle posibilidades
de ejercitar
su responsabilidad.

La mayor parte de sus actos no están determinados por la premeditación, sino por la postmeditación, una vez que sus padres o profesores le han recordado sus obligaciones. Sabe de antemano que al final tendrá que hacer las cosas, pero todavía necesita con frecuencia el impulso inicial para decidirse.

Sabe que después de una larga conversación con su madre acabará por tener que ordenar la habitación o bajar a hacer ese recado, o que unos cuantos comentarios paternos censurando su pérdida de tiempo a lo largo de la tarde le harán sentirse lo bastante culpable como para ponerse a estudiar.

Toma las críticas muy a pecho, aunque no siempre lo suficiente como para seguir adoptando por propia iniciativa la conducta deseada.

A esta edad, los varones resultan a veces menos diplomáticos con su padre. Las niñas de esta misma edad suelen mostrarse mucho más zalameras con él, y a menudo -según dicen las madres- son las que mejor lo manejan en la familia. Ellas aprenden mucho antes a reconocer los sentimientos ajenos, y saben elegir con acierto el momento más adecuado para plantear en casa una petición o conseguir un permiso.

Puede surgir en el chico de esta edad una ilusión grande por cuidar y casi criar a sus hermanos pequeños, con los que quizá apenas sienta ya celos. Sabe cómo jugar con ellos y entretenerlos, y, si los padres saben facilitarlo, es fácil que les tome un gran cariño.

No es edad de fuertes sentimientos de envidia. Si siente celos de la mayor atención a un hermanito suele ser más bien por la idea de injusticia comparativa o por su preocupación de que mimen al pequeño. Le irritan las actitudes de sus padres que lleven a malcriarlo, y protestará con energía diciendo cosas como que "si le mimas así, luego no te quejes de que sea tan insoportable...", o frases parecidas.

También puede admirar o incluso idealizar a un hermano o hermana mayores. Es fácil que confíe más en ese hermano de quince o de dieciocho años que sabe mostrarse atento y comprensivo con él, que en sus propios padres. El hermano mayor puede jugar así un papel importante en su formación. Es ciertamente una labor educativa -muy natural en las familias numerosas- en la que los más mayores educan a los más pequeños, usando de la sabiduría que han adquirido, casi sin darse cuenta, observando a sus padres.



Vida escolar

Decíamos que a los doce años una de sus características distintivas es el entusiasmo, que puede ser tan fuerte que el chico se deje arrastrar por él. Es una edad a la que en el colegio se le puede exigir bastante. Está dispuesto a responder en la medida de sus fuerzas.

Aunque a veces manifieste con intensidad su desagrado hacia algo del colegio, la realidad es que suele ser un alumno dispuesto, entusiasta y deseoso de cooperar. Suele exigir en sus profesores o maestros capacidad de liderazgo, autoridad, justicia y comprensión.

Ahora, el grupo le resulta de suma importancia, hasta el punto de perder un poco su propia identidad dentro de él. Es probable que se una a las faltas de respeto hacia el profesor poco prestigioso, o a las bromas a otro alumno menos aventajado. Acostumbra a plegarse a la decisión colectiva. Intenta no dar apariencias de chico buenecito -suele decir- "porque si no se ríen de uno y le toman por tonto".

Si en la clase ven a su profesor poco seguro, o blando, y que no logra mantener la disciplina, no dejarán pasar la oportunidad de arrojar pelotitas de papel, gritar a coro con los demás compañeros o golpear por debajo el pupitre ruidosamente. Contrasta esto con su formalidad ante un profesor que sepa dirigir bien el grupo. Al adulto le suele sorprender esa doble personalidad, esa diferencia entre su comportamiento en un ambiente y otro, pero es una simple prueba de la importancia que empieza a dar al grupo.

No siente predisposición contra sus profesores. Le gusta que le enseñen, y suele tener admiración hacia los que se muestran enérgicos, saben mucho, destacan en el deporte o son capaces de llevar la clase a un tiempo con autoridad y sentido del humor. La lealtad colectiva hacia sus compañeros no suele volverse contra el profesor, al que más bien tienen tendencia a admirar si presenta algunas buenas cualidades.

Sus mayores preocupaciones pueden perfectamente ser el colegio, los exámenes, el boletín de notas o la posibilidad de suspender, o que el profesor haga llegar una queja a sus padres. El fracaso escolar puede repercutir con fuerza en toda su vida de relación con los demás, hacerle mostrarse agresivo o triste, o incluso provocar que un buen día no quiera ir a clase y llore en casa desconsoladamente.

Es importante conocer las causas de esas posibles angustias para poner remedio, cosa que no es difícil si se está en contacto con su tutor o sus profesores. A veces, ante esos resultados negativos, le faltará aprender a controlar sus emociones y superar esos contratiempos.

No será raro que le guste llegar al colegio un rato antes de la hora de entrada, para reunirse con sus amigos y charlar. Puede ser el momento de comentar el partido de fútbol o la película de anoche, o de finalizar una tarea -quizá copiándola de un compañero- que el día anterior dejó sin concluir.

A esta edad los niños ya no se aglomeran tanto en torno a su profesor, aunque siguen dándole entrada en sus conversaciones y actividades, y aún se preocupan bastante de su imagen ante él.

Puede existir un considerable intercambio profesor-alumno, pero ya no le gusta parecer que va detrás de él, o que le ríe todas las gracias o está demasiado atento a lo que dice.

Revela una gran diversidad de intereses en su trabajo escolar, aunque sigue prefiriendo los deportes. Puede encontrar una facilidad grande para las matemáticas, o deleitarse comprobando su facilidad para retener datos e ideas.

Es época de consolidar y desarrollar facultades como la memoria -tan erróneamente desprestigiada en algún tipo de enseñanza-, la capacidad de cálculo aritmético, la visión espacial, el sentido del ritmo y de la armonía, la sensibilidad artística, etc.

Es fácil encontrarle en clase deliciosamente abierto y falto de inhibiciones, igual que en el hogar. Es franco respecto a las cosas que le desagradan. Se ha dicho que el niño paga con su aprobación o su rechazo siempre al contado. Cualquier acción positiva suscita de inmediato su adhesión, igual que cualquier atropello provocará su más enérgica protesta. Si siente vulnerados sus derechos no tiene ningún reparo en decirlo. Le parecerá muy injusto, por ejemplo, que un profesor les retenga en el aula después de la hora en que comienza el recreo o el deporte.

Todavía en clase se suceden episodios que tardará en considerar infantiles. Es fácil ver cómo se pelean, hay persecuciones, se esconden carteras, pasan furtivamente los libros de un compañero por toda el aula o se lanzan cualquier tipo de objetos... y disfrutan con ello de una forma sorprendentemente pueril para el observador adulto.

Las entrevistas con su preceptor o tutor en el colegio empiezan ya a ser más normales. A los ocho o nueve años era casi imposible dialogar con él de modo un poco estable: no fijaba la atención, se distraía con todo, jugaba, no había forma de mantener una conversación por mucho tiempo. Ahora, es ya un hombrecito que muchas veces hace gracia por su agudeza y su amenidad.

Se muestra cortésmente amistoso, sincero, seriecito y objetivo. Da rienda suelta a su irrefrenable curiosidad. Su atento examen visual de todo le da un sociable espíritu inquisitivo. La conversación suele ser agradable para ambos.

Suele hacer comentarios o formular preguntas sobre cualquier cosa que se presente a su vista o irrumpa en su imaginación. Aunque responde con rapidez, se muestra más reflexivo. Sus frases son claras, espontáneas e interesantes. Cuando se capta su atención, escucha totalmente estático y con los ojos muy abiertos.

Su franqueza y su comunicatividad son tan grandes que basta con escucharle con interés para que el chico cuente todo lo que pasa por su cabeza. Si se logra esa confianza, es fácil conocerle y poder así orientarle bien.


Echa una mirada a tu vida

>> El ejemplo noble
hace fáciles
los hechos más difíciles.
Goethe

La importancia del ejemplo

Si es doloroso ver cómo se pierde un chico por una mala compañía, quizá lo sea aún más ver cómo se deteriora -de forma lenta y sutil, pero igualmente destructora- cuando sus padres no pueden servirle de guía por carecer de virtudes, puesto que nadie da lo que no tiene.

Nada es más triste que un padre o una madre que, cuando pretende enseñar, tiene que decir que no se fijen en la vida de quien habla.

El niño tiende enormemente a la imitación, también en esta edad. Imita la forma de hablar de su padre, la forma de escribir del profesor en la pizarra, el modo de vestirse de un compañero, las reacciones de su hermano mayor ante algo que le ha contrariado, los gestos y expresiones de un cantante famoso en la televisión..., todo.

Atribuirá a las cosas el valor y la importancia que les den las personas a quienes más aprecia, que son el modelo en que se mira: normalmente, su familia. Es cierto que sobre el chico recaen también otras muy poderosas influencias, pero los padres cuentan desde el principio con un gran prestigio y un mayor ascendiente, porque son el modelo natural más cercano y querido que tienen.

Algunos padres deberían fiar más en el ejemplo, y menos en sus palabras, en esos manidos discursos sobre cómo se hacían las cosas "cuando yo tenía tu edad". Son las dichosas experiencias de los padres sabelotodos que tanto cansan a los chicos. Padres que hablan demasiado, que agotan a sus hijos con reflexiones trasnochadas, pero que difícilmente pueden mostrar un ejemplo de su vida actual que arrastre a nadie. La educación no entra a voces en las personas, sino -como la semilla- sin hacer ruido al caer en tierra.

Todas estas páginas tienen como telón de fondo la decisiva importancia de la influencia del ejemplo, que es uno de los medios más poderosos con que cuentan los padres. Si supieran mucha ciencia de la educación, o mucha pedagogía, pero no participaran personalmente de aquello que quieren transmitir, será realmente difícil que tengan éxito.

Cuando se trata de formar, lo que vale es lo que somos, y lo que nos esforzamos en ser, más que lo que decimos.

Importa mucho
dar ejemplo también de
esforzarse por mejorar.



Pero... ¿basta con el ejemplo? El caso de Oscar

-Con lo que dices, parece que el ejemplo lo es todo, y ya no hace falta hacer más.

El ejemplo no lo es todo. Es de gran importancia, pero no basta con el ejemplo sólo. Recuerdo una anécdota que viene muy al caso.

Oscar era un chico de doce años, inteligente y buen muchacho, a quien tuve oportunidad de tratar más de cerca en un campamento, durante las vacaciones escolares. En este régimen de vida queda muy de manifiesto la forma de ser de cada uno, y Oscar enseguida se reveló como personaje caprichoso, que se enfadaba continuamente en el deporte y en los juegos, no quería ayudar a recoger las mesas, resultaba bastante antipático a sus compañeros, se las arreglaba para hacer siempre lo menos posible...; en fin, un desastre.

En contra de lo que pudiera pensarse, sus padres eran excelentes personas. Un auténtico contraejemplo de la premisa básica que acabamos de enunciar sobre el valor ejemplar de la figura de los padres.

Hablé con ellos. Me decían: "Mira, Oscar es un chico excelente, con muy buenos sentimientos, está lleno de valores positivos por dentro. Por el corazón te lo ganas siempre que quieras...".

La glosa sobre su carácter era quizá algo optimista para lo que yo había podido ver, pero no quise interrumpirles. Sus palabras discurrían en un tono sorprendentemente alabador.

Al hablarles, con enorme delicadeza, de lo que en el campamento se había visto, se mostraron contrariados y apenas admitían que tuviera ninguno de esos defectos que tan patentes resultaban. La defensa que hacían de sus supuestas virtudes era demasiado vehemente. Ver lo positivo de un hijo es algo natural, y bueno, pero se trataba de encontrar el modo de ayudarle, y estaban poco abiertos a admitir nada distinto de lo que ellos pensaban.

Al final bajamos al detalle de cómo actuaba en casa. Fueron saliendo cuestiones concretas muy reveladoras. Por ejemplo:



Habitualmente era papá quien ponía la mesa mientras Oscar veía la televisión.

Era mamá quien dejaba la plancha para acercarse a abrir la puerta porque el chico estaba muy atareado con sus juegos en el ordenador.

Suspendía habitualmente varias asignaturas, pero achacaban esos resultados a injusticias de los profesores y a la mala suerte.

Comía a su capricho, y con pocas excepciones.

Cuando llegaba a casa dejaba todo tirado. Para recogerlo estaba la atenta solicitud materna.

Ellos casi siempre cedían sin apenas resistencia.

Tanto papá como mamá le hacían frecuentes consideraciones sobre su reprobable actitud, pero -insistían- "no podemos forzar al chico, tiene que salir de él".


Hablando sobre la posibilidad de ser algo más firmes, a la vista del fracaso del sistema, su padre me decía: "Mira, yo soy jefe del departamento de atención al cliente de mi empresa; tengo mucha experiencia sobre como hay que tratar a la gente. Si el chico hiciera las cosas forzado, crecería con un espíritu retorcido, lleno de resentimientos, y así no se consigue nada. Nuestro sistema va dando sus frutos; de vez en cuando tiene unos detalles que compensan con creces lo otro."

Sus palabras contenían toda una filosofía muy razonable pero mal llevada a la práctica. Ciertamente eran unos padres sacrificados, daban un buen ejemplo continuo a su hijo y estaban preocupados por hacer nacer en él ideas positivas y motivarle. Pero su excesiva permisividad era un error grave, casi tan grande como su ingenuidad. Por los frutos podía evaluarse la eficacia del método. Una idea de fondo buena, pero aplicada incorrectamente.

Es preciso dar ejemplo a los chicos, motivarles y hacer nacer en ellos ideas positivas, sí. Pero eso no equivale a consentirles todo mientras se espera la llegada de esas iniciativas. No se trata de introducir en la casa una disciplina militar, pero no es formativo que de modo habitual no ayude en nada, que nunca pueda hacer pequeños recados, o darle siempre la razón, o permitir que haga siempre lo que le dé la gana. Tan equivocado es ser excesivamente severos como excesivamente tolerantes.

Es mejor plantear esa batalla en términos positivos: que sea él mismo -que bien puede ya a esta edad- quien se haga la cama, se cepille los zapatos, ayude a poner o quitar la mesa, pase el aspirador por su habitación, ordene su armario, o trabajos por el estilo. Son cosas que influyen mucho en la consolidación de un buen carácter y que repercuten siempre de modo favorable en el ambiente familiar.

Es verdad que quien no vive lo que enseña, no enseña nada. Y que hay que esforzarse en la mejora personal para así servirles de modelo, pero también hay que aprender cómo actuar para educarlos bien.

Es cierto que
educamos por lo que somos,
pero también
por lo que hacemos.



¿Recuerdas cómo eras a los 12 años?

Para educar, es decisivo conocer muy bien. Y conocer de verdad a una persona es entender de verdad a esa persona.

Debemos pensar en cada hijo, poniéndonos en su lugar e intentando comprender cada vez mejor la complejidad y riqueza de su carácter.

A veces tenemos una capacidad sorprendente para olvidarnos de la propia infancia y borrar de un plumazo de nuestra memoria toda la rebeldía ante nuestros padres, lo poco que nos gustaba estudiar o lo que nos molestaba tal o cual actitud en los mayores.

Resulta muy útil
rememorar cómo éramos
nosotros a su edad.

y repasar un poco todos esos recuerdos infantiles para dar perspectiva histórica a nuestras ideas. Recordar cuáles eran nuestras reacciones, qué pensábamos en situaciones análogas o qué sentíamos cuando nos decían algo parecido.



Llegar a tiempo

Aníbal, aquel gran caudillo cartaginés, allá por el siglo III antes de Cristo, se decidió a atacar a los romanos en su misma tierra. Preparó la expedición a Italia con cuidado. Atravesó los Pirineos y la cordillera de los Alpes, a costa de grandes esfuerzos. Esta última travesía le llevó alrededor de un mes, y supuso la pérdida de numerosos medios, sobre todo caballos y elefantes.

A partir de ese momento, fue ya de victoria en victoria. En la batalla de Cannas (216 antes de Cristo), produjo unas setenta mil bajas a los romanos, entre los que se encontraban ochenta senadores y numerosos equites. Pero entonces, en vez de ir directamente contra Roma, se retiró a Capua, donde se le atribuye, a él y a su ejército, una vida de ocio y placeres (las famosas "delicias de Capua").

Esto dio tiempo a los romanos para reorganizarse y acabar venciendo a Aníbal. Cuentan que el famoso general, ante su inminente derrota, se lamentaba así de su retraso en atacar la capital de Imperio: "¡Cuando podía, no quise. Y ahora que querría, no puedo!".

-¿Y qué quieres decir con esto de Aníbal?

Pues que con la educación del chico puede repetirse la historia de Aníbal. Cuando más se podría hacer, se le consiente todo, enternecidos por su encantadora sencillez y su infantil simpatía, y no se actúa. Y cuando por fin se quiere actuar, resulta que ya es tarde.

Muchos padres son poco conscientes de la envergadura y magnitud de las fuerzas que dificultan la correcta educación de los chicos durante su adolescencia.

Hace poco leí que si un avión de cada cuatro en vuelo se estrellara, nadie tomaría un avión. Y que si un automóvil de cada cuatro vendidos tuviera la dirección estropeada, las fábricas de automóviles tendrían que cerrar. Y que, sin embargo, en el sistema educativo, que se dedica a algo mucho más importante que fabricar automóviles o aviones, fracasan uno de cada cuatro chicos...

-Oye, me estás poniendo negro el horizonte...

Bueno, no se trata aquí de presentar panoramas desoladores. Simplemente, es que casi todos los actuales jóvenes problematizados de 17, 20 ó 25 años, fueron antes uno de esos niños activos y despreocupados que jugaban felices en el patio del colegio. Pero la raíz del problema ya estaba presente entonces.

Lo que se hace o deja de hacerse en la infancia influye directamente en la mayor o menor resistencia de los chicos al ataque de todos los agentes negativos que en el futuro va a tener que soportar.

Ya hemos hablado de cómo muchos padres sólo empiezan a preocuparse ante los signos de alarma de los catorce o dieciséis años, e infravaloran la educación del niño de menos edad. Les parece, quizá, que su hijo no dará muchos problemas porque le ven con diez o doce años, aún manejable y en apariencia desproblematizado. Pero las crisis tienen su historia y su prehistoria.

Siempre es mejor
formar en la infancia
que resolver problemas
en la adolescencia.

Quizá ven a su hijo, pero no le observan en profundidad. No caen en la cuenta de la trascendencia de un detalle y otro, y se les pasan así los mejores años, casi sin darse cuenta. A lo mejor piensan que es aún una criatura sin problemas y que la etapa educativa importante vendrá después, con las "edades difíciles". No es así.

Para educar
con una mínima garantía de acierto
hay que aprovechar muy bien
los diez primeros años.

Y si las cosas no han ido muy bien, la edad de los diez o doce años es casi la última oportunidad de recuperar el terreno perdido con todavía bastantes posibilidades de éxito. Más adelante, el chico disminuye drásticamente su receptividad ante los padres y es bastante más difícil reconducir entonces una educación deficiente.

Lograr unos resultados
fuera de su periodo natural
más propicio
exige un mayor esfuerzo
y una fuerza de voluntad
muy superior.

No quiere decir esto que más tarde no tenga remedio. Simplemente sucede que, como con tantas otras capacidades -nadar, montar en bicicleta, jugar al fútbol, mantener el equilibrio sobre un monopatín, aprender idiomas, música, o tantas otras cosas-, o se adquieren muy al principio, durante su correspondiente periodo sensitivo, o luego no es fácil llegar a desarrollarlas bien.

El chico debe ahora salir de una etapa fuertemente influenciada por el egocentrismo. Si no se le forma bien, puede acabar dominado por un egoísmo invasor que busca la satisfacción de sus caprichos e imponer su deseo a quienes le rodean. No pensemos que el simple transcurso del tiempo resolverá este problema, porque si no se actúa, su falta de defensas le llevará a un progresivo deterioro personal.



Tu actitud

>> A pesar de que ya soy mayor,
sigo aprendiendo de mis discípulos.
Cicerón

Educar exige tiempo

W. Amadeus Mozart, a los siete años, escribía sonatas; y a los doce, óperas. Parece increíble, pero alguien lo hizo posible: su padre Leopoldo Mozart, un gran músico que sacrificó sus muchas posibilidades de éxito para dedicarse por entero a la educación del pequeño genio.

Robert Browning, cuando contaba apenas cinco años, cierto día vio a su padre leyendo un libro. ¿Qué lees, papá? El padre levanta su mirada y contesta: "El sitio de Troya". "¿Qué es Troya, papá?, pregunta el niño. La respuesta no fue: "Troya es una ciudad de la antigua Grecia. Ahora vete a jugar". Sino que allí mismo, en el cuarto de estar, el padre de Robert hizo con asientos y mesas una especie de ciudad. Una silla de brazos hizo de trono y en el puso al pequeño Robert.

"Aquí tienes a Troya, y tú eres el rey Príamo. Ahí está Helena de Troya, bella y zalamera (señaló a la gata bajo el escabel). Allá fuera, en el patio, ¿ves unos perros grandes que tratan siempre de entrar en la casa? Son los aguerridos reyes Agamenón y Menelao que están poniendo sitio a Troya para apoderarse de Helena..."

A los siete años, Robert leía ya la Ilíada y había entrado con toda naturalidad, gracias al ingenio de su padre, en el mundo de la gran poesía. Años más tarde sería el más importante poeta inglés de la época victoriana.

-Lo malo es que ni mi hijo es un niño prodigio ni yo tengo el talento musical de Leopoldo Mozart, y mucho menos el ingenio de Mr. Browning.

Yo tampoco, pero lo que buscamos no es que los chicos lleguen a ser grandes genios, sino simplemente educarlos bien. Y esto es más asequible. Ocúpate de despertar su interés, métete en su mundo, motívale.

Las conversaciones con los hijos no pueden ser aisladas, ni habitualmente tirantes, o con prisas, o a lo mejor únicamente cuando hay que dirimir una diferencia familiar, o hablar de dinero, o de las notas.

Los padres deben salir al paso de este peligro facilitando que haya frecuentes tertulias de familia. No es entonces la hora de preguntar la lección. Son ratos en los que todos exponen los incidentes y las pequeñas aventuras de la jornada. Donde el padre y la madre cuentan cosas que despiertan el interés de los hijos. Donde todos aprenden a vivir en familia.

Viene al caso comentar aquí el estudio realizado por la agencia norteamericana Leo Burnett acerca de los gustos y tendencias de la última generación de padres. Tienen poco más de treinta años, y ellos han sido los primeros en experimentar lo que es tener dos padres que trabajan, en un clima profesional de gran competencia y que exigía a ambos una prolongada ausencia del hogar.

Con dos sueldos en casa, no han sufrido muchas privaciones. Lo que han echado en falta ha sido que sus padres les dedicaran tiempo. "No quiero que mis hijos pasen lo que mis padres me han hecho pasar a mí", es la protesta mayoritaria de este segmento generacional que incluye a 48 millones de jóvenes en Estados Unidos.

No se quejan de que les hayan impuesto nada, ni de que les hayan privado de comodidades. Lo que lamentan es que sus padres no les hayan dedicado tiempo, algo que no puede ser sustituido por regalos ni por bienestar material.

La adicción al trabajo de que dieron prueba sus predecesores yuppies es a sus ojos una insensatez. No es que desprecien el dinero, pero tampoco consideran que lo decisivo de un empleo sea ganar más. En el trabajo quieren flexibilidad, participación a la hora de tomar decisiones, y respeto al fin de semana y a las horas que se deben a la familia.

El tópico de dar a los hijos
las comodidades que ellos
no pudieron tener,
propio de la anterior generación,
ha dejado paso a la preocupación
de dedicarles el tiempo
que a ellos no les dedicaron.



Sin esperar a circunstancias que nunca llegan

"Siento una especie de vacío que me hiere, un anhelo nunca satisfecho... Para mí todo es frío, frío como el hielo...". Son palabras escritas por Mozart, que vuelven a servirnos de ejemplo, esta vez como reflexión para quienes se quejan de no poder hacer nada "porque se encuentran mal". Quizá no sepan que la mayoría de las obras grandes de la humanidad han estado realizadas por personas "que se encontraban muy mal".

Fueron multitud los sucesos dolorosos que acosaron a lo largo de su vida a este genio de la música. Desgracias y sufrimientos de todo tipo que se presentaban envueltos en un duro vacío sentimental en su vida de hogar, mucho más duro y entorpecedor que las dolencias corporales.

«Conviene que consideren esto -apunta Vallejo-Nájera- los que insisten en la idea simplista de que la carga pasional de las obras de arte dimana del volcán interno del alma del artista. Mozart, saltando sobre el abismo del vacío afectivo interior, es capaz de crear páginas de máxima irradiación sentimental.

»Durante el último año de su vida se encuentra físicamente muy mal, con frecuentes dolores de cabeza y de muelas, astenia e hinchazón de manos y pies, con acentuaciones frecuentes de un intenso malestar general. Por ninguno de esos síntomas interrumpirá el trabajo ni su ritmo. Aún en el lecho de muerte seguirá componiendo.

»"¡Cómo van a pretender que un artista actúe condicionado!" Este tópico, que se oye hoy mucho entre artistas mediocres para justificarse, hay que valorarlo analizando por ejemplo esta situación en la que se encontraba Mozart. No creo que se hayan acumulado nunca mayor número de condicionamientos».

Nadie puede quedarse tranquilo esperando ingenuamente a que lleguen circunstancias más favorables, mientras ve cómo la educación de sus hijos se echa a perder.

En vez de lamentarte, que realmente sirve de poco, procura objetivar el problema y allanar los obstáculos con los medios que tengas a tu alcance. Trabajamos condicionados, sí, pero a nadie consuelan esos condicionamientos a la hora del fracaso. Todavía se puede hacer tanto... y -en frase de Edmund Burke- qué pena no hacer nada, porque sólo se puede hacer un poco.

Las batallas las ganan
los soldados cansados.
Superar las dificultades y la fatiga
es necesidad habitual
para cualquier tarea,
también para educar.



Que noten que les quieres. Ganarse a los hijos

Los chicos se dan a la persona que les quiere. Son muy sensibles al cariño. Los padres suelen querer mucho a sus hijos y están dispuestos a sacrificarse lo indecible por ellos. Pero el problema es que a veces los chicos no lo notan, y piensan que se les quiere sólo en teoría.

Hay que pasar a la práctica. Lo que más notan del cariño probablemente sea la comprensión, en sus diversas facetas.

El cariño y la paciencia
resuelven casos difíciles.

Hay que interesarse por lo que le interesa al niño. Y como su mundo suele ser muy atractivo, el buen educador disfruta con ese descubrimiento.

Ganando su corazón
tendrán fuerza nuestros consejos.
No basta sólo
con el prestigio de padres
ni con el respeto y la disciplina:
hay que saber atraerse
la simpatía y el afecto de los hijos.

Nuestros consejos han de ser optimistas y alegres, que estimulen, que dejen un poso de comprensión y de ánimo. Debemos corregir y aconsejar con gracia, sin hacer tragedias, dejando entrever cariño aunque estemos serios.

Y cuando los hijos nos hagan manifestaciones o confidencias que son -al menos en su mundo- cosas de la propia intimidad, debemos guardar el secreto, sin defraudarlo aunque a nosotros nos parezca algo sin importancia. Es importante comprender, y comprender que son niños.

Cuántas veces se nos olvida pensar que un niño a esta edad puede estar agobiado, por ejemplo, porque le parece que todos los de su clase son más fuertes o más listos que él. O porque piensa que cae mal a sus amigos, o que un profesor le tiene manía. O le preocupa que no tiene cosas que un amigo suyo sí tiene. Quizá ni se nos pasa por la cabeza que esos puedan ser pensamientos inquietantes en su interior.

Hace falta comprender. Y si ve que le comprendemos, nos contará, y le podremos ayudar. Ayudar no siempre será darle lo que manifiesta desear. Pero hablar las cosas en un ambiente de confianza le hará pensar con más profundidad y perderá el miedo a darse a conocer, tan importante para educar. Verá que la sinceridad y la confianza arreglan todo con una facilidad admirable.

La discreción con las cosas de la intimidad del chico facilita mucho que se sienta comprendido. Sería una pena, por ejemplo, que lo hablado en confianza por el profesor o tutor con los padres, con objeto de orientarle en su educación, acabe saliendo, fuera de un contexto adecuado y en alarde de impudor, en el momento más inoportuno.

Advierten en el colegio, a un padre o a una madre, sobre que su hijo, por ejemplo, está bajando el rendimiento escolar porque tiene problemas de integración en la clase y está por ello descentrado y no estudia bien. Y al llegar a casa, a lo mejor, ese padre o esa madre, en un momento de enfado durante la comida, acaba echándoselo en cara en presencia de todos. "Ya está bien de tanto agobiarse pensando en si tienes o no amigos y haz el favor de estudiar, y dejarte de historias..." Una escena de este estilo puede acabar por muchos meses con la confianza del chico en los padres y en el colegio.



Esta generación

Probablemente una de las cosas que más molesta a la nueva generación sean los tonos apocalípticos que algunos emplean al referirse a la sociedad presente y a la juventud de ahora. Como si en los tiempos modernos no hubiera otra cosa que ruina y depravación.

Sucede esto sobre todo en la etapa adolescente, pero también desagrada al chico de unos años menos. Unos padres sensatos deben hacer un esfuerzo por limitar al máximo:



las amonestaciones sistemáticas contra las costumbres y las modas de la actual generación;

esas trasnochadas y poco oportunas referencias a las ventajas del pasado;

los sermones teóricos sobre la propia juventud;

esos discursos sobre la excelencia del propio estilo de vida, que son tan poco elegantes.


Es evidente que una crisis moral y de valores afecta a nuestro tiempo. Pero también las pasadas generaciones pasaron sus crisis. Hay valores que han perdido fuerza y presencia hoy, pero también hay otros que la han ganado.

Podríamos quizá reseñar algunos de esos valores emergentes, muy propios de la juventud de nuestros días, que se recogían en un reciente documento:


una fuerte sensibilidad en favor de la dignidad y los derechos de la persona;

la afirmación de la libertad como cualidad inalienable del hombre y de su actividad;

la estima de las libertades individuales y colectivas;

la aspiración a la paz;

el pluralismo y la tolerancia entendidos como respeto a la diversidad y a las convicciones ajenas;

la repulsa de las desigualdades entre individuos, clases, razas o naciones;

la atención a los derechos de la mujer y el respeto a su dignidad;

la preocupación por los desequilibrios ecológicos.


Merece la pena saber descubrir esos valores en la nueva generación, y otros muchos más que sin duda hay. Y si no nos gustan mucho, quizá sería oportuno reflexionar, sin demagogias, sobre aquello de que los jóvenes son, en buena medida, el producto de lo que hemos hecho los que ahora somos adultos.

Así que lo mejor es evitar esa cómoda tendencia a denunciar defectos sociales y de estructura: el ambiente, la calle, la droga, las perversiones de la sociedad de hoy..., porque muchas veces el principal problema -hemos de reconocerlo y ver cómo mejorar- está en la propia casa, o quizá en el propio educador.

Tengamos, por tanto, una actitud positiva y abierta ante las nuevas transformaciones de las estructuras sociales, de las formas de vida y de las formas de pensar. Procuremos transmitir una visión de las cosas que sepa descubrir y alentar lo positivo y, al mismo tiempo, corregir lo negativo, sin olvidar -como decíamos- echar antes una mirada de sana autocrítica a la propia vida.



Autoridad y libertad

>> La libertad es
la adecuada gestión de las ganas,
y unas veces habrá que seguirlas
y otras no.
José Antonio Marina

La autoridad se conquista mereciéndola

La autoridad puede depender mucho del temperamento, de la forma de ser de cada uno. No obstante, puede adquirirse, mejorarse o perderse conforme a normas seguras que conviene conocer.

Cuando a un padre o a una madre, o a un profesor, no le obedecen -en condiciones normales, claro está-, la falta no está de ordinario en los chicos, sino en quien manda. Repetir órdenes sin resultado, intervenir constantemente, mostrar aire dubitativo o falta de convicción y seguridad en lo que se dice, son las causas más habituales de la pérdida de autoridad.

No ha de confundirse autoridad con autoritarismo. La dictadura familiar requiere poco talento, pero es mala estrategia. Ser autoritario no otorga autoridad. Hay quien piensa que el éxito está en que jamás le rechisten una orden. Pero eso es confundir la sumisión absoluta de los hijos con lo que es verdadera autoridad, no saber distinguir entre poder y autoridad.

El poder se recibe,
la autoridad hay que ganarla
en buena lid:
se conquista mereciéndola.

Mandar es fácil. Conseguir ser obedecido, ya no tanto. Y lo que exige un auténtico arte es conseguir que los hijos obedezcan en un clima de libertad.

En edades tempranas era más fácil, pero con el tiempo las cosas se van haciendo difíciles, hay una mayor contestación, el chico se rebela con más fuerza ante lo que no entiende. Esto llega con la adolescencia, o antes; a veces, con motivo de la adolescencia de un hermano mayor; y, en cualquier caso, antes que en otras generaciones.

Si los padres hasta entonces han abusado de la imposición, el fracaso educativo se puede casi asegurar.

El chico tiene ahora diez o doce años. Ya no es una criatura que obedece "porque sí". Dentro de poco será un hombrecito biológica y psicológicamente independiente.

Prepáralo para que pueda
elegir libremente lo mejor.

No tengas miedo a la libertad. Enséñale a pensar y a decidir. Educar en la libertad es difícil, pero es lo más necesario. Porque hay padres que, por afanes de libertad, no educan; y otros que, por afanes educativos, no respetan la libertad. Y ambos extremos son igualmente equivocados.



Aprender a mandar, enseñar a obedecer

En muchos casos, el éxito de la autoridad ante el chico de esta edad está más en cómo se manda que en lo que se manda. El modo de mandar es lo que hace que valore esa autoridad de los padres, más que la importancia de lo que dicen.

-A ver, pon ejemplos.

Al proponerle que haga algo, no puede darse la sensación de mandar por comodidad personal y, mucho menos, con aire de señor feudal sobre sus siervos. Es bueno que vea que nos molestamos nosotros primero. Y como el ejemplo arrastra, aceptarán así mejor el mandato. Si ven que papá ayuda a mamá en las tareas domésticas, él entenderá que debe hacer lo mismo sin necesidad de que nadie se lo explique.

Lo que mandemos ha de ser razonable. Y si es posible, que también lo parezca. A esta edad suelen ser muy razonables y un esfuerzo, un sacrificio incluso, será aceptado de buen grado si desde el principio se considera como una condición precisa para la buena marcha de algo (de la vida familiar, por ejemplo).

Otra regla básica del ejercicio de la autoridad es no multiplicar las órdenes o prohibiciones. Y más aún si se tratara de exigencias casi imposibles de cumplir. No se puede, por ejemplo, pedirle a esta edad que esté callado y quietecito un rato largo, o que no juegue cuando con ello no molesta a nadie, o que esté estudiando sin levantar la vista durante tres horas seguidas. En estos años, el niño es todo movilidad, y necesita expansionarse, debemos comprender su exuberancia vital.

Hay que mandar
lo que razonablemente
se pueda exigir.

Y en esto debemos ser realistas, pues las personas necesitan de cierto entrenamiento, necesitan aprender, y eso requiere tiempo.

Piensa también que
no debe hacerse promesa
que no se piense cumplir,
ni amenaza
que no se quiera luego ejecutar.

Al tener el chico, como ya hemos dicho, un profundo y vivísimo sentido de la justicia, sufre mucho cuando piensa que sus padres actúan injustamente. Por ejemplo, si dan señales de preferencia entre hermanos, o toman partido por éste o por aquél. El chico juzga conforme a lo que ve, y a veces le faltan datos.

Por eso no basta
con ser justo,
también es preciso parecerlo.

"Nadie engaña impunemente a un niño", dice Courtois. Los padres que emplean la mentira se desautorizan.

La mentira,
además de inmoral,
es mala aliada
e indica pobreza de recursos.

Si actuamos con rectitud, no será preciso mentir. Todo tendrá su explicación natural.

No sería nada formativo, por ejemplo, -aunque sea en cosas de poca importancia- que vieran a su padre decir que no está cuando recibe una llamada telefónica inoportuna. O que no advierte al dependiente que le ha devuelto dinero de más. O que comenta cómo ha engañado con una tontería al hermano pequeño que no quería tomarse el biberón. O muchas otras actuaciones semejantes.



El miedo a la libertad. Educación en la confianza

La autoridad ha de exhibirse lo menos posible. Cada vez que se emplea se expone a un riesgo y sufre un desgaste. Tan grave es no usar de la autoridad cuando es preciso hacerlo, como emplearla de modo tan reiterado que acabemos por perderla.

Esto supone aprender a hacerse el despistado de vez en cuando, exponerse a ser engañado en cosas de poca importancia -con una ingenuidad sólo aparente- antes que mantener ante los hijos una actitud de desconfianza o recriminación constantes.

Son precisamente las actitudes desconfiadas las que hacen al chico de diez o doce años adiestrarse en la técnica de la mentira.

No es bueno
manifestar incredulidad:
la educación debe basarse
en la confianza.

No prestéis demasiado oído a la acusación. Desechad las sospechas injustas. La confianza ayuda a que le duela sinceramente haberos defraudado. Cread un ambiente de libertad en el que se sienta a sus anchas sin estar rodeado de controles, y el buen ejemplo rendirá sus frutos.

La libertad no está reñida con la autoridad y la disciplina, sin las cuales será muy difícil que cada cual pueda, sin herir a otro, gozar de libertad de movimientos o de expresión.

Mala cosa sería que el chico se acostumbrara a oír repetir a sus padres una determinada orden varias veces. Así, cada día tardará más en obedecer, y en muchas ocasiones ni siquiera llegará a hacerlo.

No es nada educativo, por ejemplo, llamarle cinco veces para que se levante, la última con suficiente tiempo todavía para llegar holgadamente al colegio. Si el chico no es obediente, es mejor que le llames a la hora en que vas a exigirle que se levante. De lo contrario, desgastas tu autoridad, y cada día tendrás que ejercerla de forma más dura para lograr los mismos resultados. Y cada día será más difícil recuperar el terreno perdido.

A veces esas crisis de autoridad en la familia provienen de que se desautorizan mutuamente unos a otros ante el chico. Se echa la culpa al otro cónyuge, o a las condescendencias de la abuela, o al ausente, pero no se busca el acuerdo de todos para poner remedio.

La falta de acuerdo
entre los esposos
al educar a los hijos
es la causa de muchos fracasos.

Es preciso ponerse de acuerdo para convenir una solución sobre el modo de actuar en cuestiones concretas. Hará falta, como siempre que intervienen dos o más personas en una decisión, que cada uno ceda en algo de su idea inicial para lograr un acuerdo sin imposiciones.



Tendencia a prejuzgar negativamente

En el fondo de todo chico hay una serie de buenos sentimientos que la naturaleza ha impreso en él, y a los que hay que saber sacar brillo. Debemos fomentar todo ese conjunto de valores positivos que irán configurando un carácter y una personalidad de la que broten, sin necesidad de órdenes, todas esas cosas que nos agradaría ver en él.

Para ello, primeramente
hay que suponer en el chico
las cualidades
que se quieren ver en él.

Cuando se le acusa continuamente de tener un determinado defecto, acabará por pensar que es algo tan arraigado en él que es inútil luchar por corregirlo.

En vez de agobiarle diciendo que es un perezoso y un inconstante, dile que estás seguro de que conseguirá sacar esas buenas calificaciones porque va a estudiar mucho.

En vez de decirle que nunca ha tenido voluntad y que jamás termina lo que empieza, dile que ésa es una buena ocasión para que demuestre que en realidad sí puede.

Y en vez de insistir en que es una criatura sin corazón, o un egoísta, apuesta por sus buenos sentimientos, y no te defraudará.

Conviene apoyarse en ese sentimiento natural que tiene de agradar y de ser útil, de sentirse valorado. El chico da mucha importancia a lo que opinan de él y es muy sensible a los estímulos. Hay que saber apoyarse en esos sentimientos propios de la edad para ayudarles a superarse en su mejora personal.

Se trata,
por decirlo de alguna manera,
de poner a su amor propio
del lado del bien.

Otro principio sabio es creer firmemente en las buenas intenciones de los chicos, siguiendo aquel elemental principio jurídico:

El bien debe ser supuesto,
el mal debe ser probado.

Tenemos los humanos una lamentable tendencia a pensar mal, a prejuzgar negativamente. Una extraña manía que reduce a cenizas las mejores esperanzas de los chicos.

El viejo aforismo de piensa mal y acertarás que cierta tradición ha acuñado, lo corrobora tristemente. A veces nos fijamos más en lo negativo que en lo positivo de las personas, y tenemos propensión a agrandar el mal con la medida de nuestra propia mezquindad, trivializando las razones de las cosas y buscando dobles intenciones donde no las hay.

Es mala política etiquetar al niño:
si ha sido sorprendido
en una mentira,
no es por eso un mentiroso.

Y si ha cogido dinero del bolso una vez a mamá no es por eso un ladrón. Sería aplicar aquella otra sentencia de "por un perro que maté, me llaman mataperros".

Caricaturizo las típicas quejas de las personas absorbidas por esa tendencia al prejuicio negativo:



Siempre me hace lo mismo cuando llega a casa.

Siempre igual.

No hay manera de que haga nada bien.

Siempre tiene una historia con la que excusarse.

Ya verás como en cuanto aparezca nos dirá aquello y no querrá hacer ese recado.

Jamás tiene un detalle, y ya verás como dice que no.

Es un comodón y no creo que lo consiga, como siempre.

No toca un libro.

Nunca presta nada de lo suyo; es mejor que no se lo pidas.

Nos estropeará el verano, porque suspenderá, como siempre; y luego se pasará las vacaciones haciendo el vago...


Estas afirmaciones tajantes y malpensadas con que algunos se adelantan a prejuzgar siempre negativamente, acaban con la esperanza de cualquiera. Es una hostilidad impertinente que llena de conflictos la familia y enfría el calor del hogar.

-O sea, que se trata de pensarlo bien antes de decir algo negativo.

Sí, pero no suele bastar con pensar mal y no decirlo.

Cuando se tiende
a pensar mal de los demás,
esos pensamientos críticos
van gestando una actitud negativa,
y ésta acaba fraguando
en comentarios y conductas
también negativas.

Por eso es mejor juzgar positivamente también de pensamiento. Se trata de evitar esa actitud que refleja aquel conocido chiste del automovilista que sufre un pinchazo en plena noche en una carretera desierta y se da cuenta de que no lleva gato para cambiar la rueda.

Ve a lo lejos la luz de una casa de campo. "Me acercaré y les pediré un gato", se dice. Se dirige hacia la casa y va pensando por el camino: "Mira que si tienen gato pero no me lo quieren dejar...". Y continúa debatiéndose en ese pensamiento todo el trecho que le separa de aquella casa, hasta el punto de obsesionarse.

"Mira que como no me lo dejen, no sé que les digo...". Llega a la casa y llama al timbre, ya claramente enfadado. Una señora le abre la puerta y el caminante le dice sin más preámbulos: "¡Sabe lo que le digo, que si tienen gato, que no lo quiero, que se lo coman!"




03/12/2007
eclipse_7, usuario preguntando en Salud mental
Usuario
Muy Bien. Me ha sido de gran utilidad
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