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Paideia Humánica y Humanismo Renacentismo

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Fecha: 19/04/2005
Valoración: (4,00 sobre 5) Categoría: Filosofía
29/03/2005
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01/04/2005
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Humanismo clásico:

En busca de la sensatez perdida*

Faustino Chamorro**


* El presente trabajo resume la comunicación mediante la cual el autor disertó anta la Corporación de Maestros de Número del Studium Generale Costarricense, con motivo de la instauración de los Estudios Comunes.

** Doctor en Filología Clásica y Lingüística Indoeuropea por la Pontificia Universidad de Salamanca. Catedrático en la Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje de la Universidad Nacional de Costa Rica. Maestro y Miembro de Número del Studium Generale Costarricense de la Universidad Autónoma de Centro América. Autor de varios libros, ensayos y artículos.


Tratar de comunicar algo de lo que uno siente y estima como bueno, es tanto como dar participación de frutos opimos al compañero de fatigas. La difusión de lo bueno siempre arranca felicidad, y es necesariamente espontánea, según aquello del "bonum diffusivum sui". Mas por otra parte, no se me oculta el riesgo que se corre, en el tratamiento y codificación de un tema que, por sobradas pero no justificables razones, podría resultar árido y estéril.

Cuando me puse a ordenar mi mente, para en unas palabras, -breves palabras- hacer sensible lo que voy a comunicar, pensé que la frase En busca de la sensatez perdida, resumía en sí lo que trato de apoyar y defender y lo que, a mi parecer, nuestro Studium persigue con insistencia.

¿Y qué se propone al Studium Generale Costarricense para buscar restablecer, reinstaurar la sensatez perdida? Una especie de certificado. Unos Estudios Comunes que habiliten el amplio camino probado en su efectividad por generaciones y generaciones de pueblos y pueblos; con la intención y el propósito de establecer de nuevo el eslabón perdido que coloque al joven universitario en contacto con la cultura universal. O dicho de otra manera: con los Estudios Comunes se plantea un reto firme, de metas claras; quizás con voz un tanto debilitada, no por deficiencias en la fuerza de su planteamiento, de su grito y su razón, sino por la sordera provocada por el medio en que vivimos; mejor dicho, por el medio -permítaseme decir- que nos vive. En una palabra: se quiere instaurar una probada "Paideia del saber", como señora, y a la vez como "ancilla" de la "Paideia de las Ciencias".

La enseñanza en la actualidad, y en nuestro sistema educativo costarricense, olvidando el amplio y prístino sentido del vocablo educación, o usando tal término con un desplazamiento semántico, se ha deslizado catastróficamente hacia la Paideia de las Ciencias que nos está llevando -que ya nos llevó a una deshumanización. Deshumanización que embarga y domina las estructuras del mundo en que vivimos. ¿Vivimos? Tratamos de subsistir en alocado combate, frente a las hostilidades con que las ciencias como saberes y las técnicas como modos de operar sobre las cosas, vienen desdeñando con sobrada dosis de burdo pragmatismo, la humanitas, cuyo caldo de cultivo siempre fue y seguirá siendo el clásico otium

El hombre en ciertos aspectos, se ha convertido en un tronco a la deriva, entre el predominio tormentoso de sus inventos. No está la máquina contra el hombre; simplemente está frente al hombre. Sin embargo, es la negación, la merma de la humanitas, la que hace ir perdiendo al hombre su posición, su prerrogativa de ser racional, su sentido de la causa finis ante la máquina.

"Daedalus, uir magno ingenio praeditus..." Erase una vez -dice un mito clásico- un varón de nombre Dédalo, dotado de sumo ingenio, el cual, obligado a cumplir su destierro, fue acogido en la isla de Creta. El tirano de la isla le ofreció su hospitalidad y protección. Dédalo, en correspondencia, construyó para el monarca el inmenso Laberinto. Pero después el tirano, el rey Minos, encerró a Dédalo y a su hijo Icaro en el Laberinto. Para poder escapar, Dédalo construyó unas alas con plumas y con cera y las adaptó a sus hombros y a los de su hijo Icaro, recobrando así la libertad. Pero el joven, olvidando las prevenciones del ingenioso Dédalo, se elevó y se elevó agitando locamente las alas por los espacios etéreos, hasta que el sol derritió la cera y, "miser puer in undas cadit", el desgraciado muchacho cae precipitándose entre el oleaje del mar. Mientras tanto, Dédalo, guiado por la sofrosine más que por las posibilidades materiales de su ingenioso artefacto, llega indemne a su feliz destino y dedica a los en dioses sus alas como trofeo.

¿Era malo en sí el laberinto ingeniado y construido por Dédalo? No. En absoluto; pero se convirtió en prisión de su ingeniero constructor, porque la ambición, el egoísmo la desconfianza, la falta de "humanitas" condujo al Tirano Minos a cambiar el destino y finalidad del laberinto. Y el artefacto del ingenio humano, que debía de retener aprisionado al monstruo del minotauro, precisamente por una ausencia de "humanitas", retuvo prisionero al hombre que lo construyó.

Pero el intrincado laberinto no pudo contra el ingenio inagotable de su constructor. "Daedalus vir magno ingenio praeditus", se ingenia, y fabrica las alas de la libertad contra su tenebrosa fábrica, convertida en su prisión.

"Eran malas en sí las alas, resultado de una técnica de ciencia aplicada, origen ambas del ingenio humano? No, en absoluto. Dédalo las usó bien, como dueño y señor, sin olvidar su prerrogativa de ser racional frente a las posibilidades del objeto concreto que él mismo había realizado; sin olvidar la "causa finis" del objeto que su ingenio inventó. Eran de plumas, eran de cera; eran para salir volando de la prisión; para seguir siendo libre. No eran tales alas para desafiar los espacios infinitos, ni por el propósito del ingeniero, ni por la materia "de qua" fueron hechas.

En cambio su hijo Icaro, siendo idénticas las alas, de la misma materia "de qua" para el mismo propósito, las usó mal. La capacidad atractiva del artefacto hizo olvidar al "miser puer", de la naturaleza y del fin para el que había sido ingeniado y realizado. Unas inocentes alas de pluma y cera frente a la deficiencia de la "humanitas" frente a la ignorancia, son convertidas, de mera causa instrumental en causa eficiente de catástrofe para el hombre: "et miser puer in undas cadit". Quiso Icaro volar tan alto que, gobernado, alucinado, dominado por el artefacto de la invención humana, se olvidó de los consejos de su progenitor, del legado de los conocimientos, de la herencia de la humanidad, de la prudencia, de la sofrosine que regía el ingenio de Dédalo, su padre.

El Studium Generale Costarricense quiere que el hombre, que el costarricense, que sus alumnos sean Dédalos y no Icaros. Pero difícilmente llegarían nuestros jóvenes a ser Dédalos, si las carreras no se fundamentan en una Paideia del Saber que se define con un solo término: HUMANISMO ¿Y cuál es ese HUMANISMO? ¡Se han propuesto tantos a través de la Historia! ¡Y tantos son los que se entrecruzan, se chocan y se oponen en nuestra época actual! Porque cada época ha afrontado sus problemas peculiares bajo la consideración de alguna, o algunas de las facetas del ser humano: Surge un hombre, o un grupo de hombres y enfocan el problema y su solución conforme a sus convicciones y definiciones de la "entitas" humana, de la "hombredad": Marx, Dewey, W. James, Sartre, Marcel, la Bouvoir; los Ferraz entre nosotros; y siga el lector la enumeración en su memoria. Todos, con su valor relativo, ofrecen caminos parciales

Pero nuestro Studium propone, y defiende, con las limitaciones del medio y frente a ellas, los Estudios Comunes, inspirados en un humanismo real en la historia de nuestra cultura, y supratemporal en la permanencia de sus valores: es el HUMANISMO CLASICO.

Un Humanismo que tiene la capacidad de procurar, como sistema educativo, los fundamentos trascendentales al tiempo y al espacio con los que el hombre, el joven, pueda encontrarse a sí mismo; para que oriente su existencia; para que adopte conscientemente y con plena libertad, una actitud sincera y congruente frente a las circunstancias de su contorno real; como señor de sí mismo, como el Dédalo del mito.

Un humanismo que no sólo fomenta la potencialidad intelectiva, sino que además avizora el sentido de la responsabilidad, y procura un acercamiento a la ponderación, tanto de los poderes como de las limitaciones de la condición humana.

Un humanismo clásico, cuya validez y efectividad están probadas a lo largo y a lo ancho de la Historia. Prolijo sería y por demás imposible extenderme, en estas breves palabras, a exponer razones y argumentos que además están de sobra en esta ocasión, en que no existen de mi parte pretensiones apologéticas a ultranza. Pero antes de concluir, repasemos, siquiera, un par de testimonios de autorizada opinión -entre los muchos que tengo a manosobre la validez y permanencia del Humanismo Clásico como sistema educativo: el profesor Zielinsky, de la Universidad de San Petesburgo, escribe


"Ignoro en qué consiste el valor educativo de la Antigüedad. Pero es un hecho que el sistema de enseñanza clásica existe desde hace mucho tiempo: que, desde hace mucho tiempo se halla extendido por todos los pueblos de cultura europea; y que estos pueblos no se han civilizado sino al pasar por él. Es igualmente un hecho que si quisiéramos, a la manera de los meteorólogos, representar por una curva las oscilaciones que este sistema ha sufrido en los distintos Estados, la curva resultante representaría asimismo las oscilaciones de la cultura intelectual en dichos Estados. Nos percataríamos entonces de la estrecha relación que existe entre la cultura general y el nivel de la educación clásica. Es, finalmente, un tercer hecho de que, aún en nuestros días, la capacidad civilizadora de un pueblo es tanto más considerable cuanto más seriamente tiene lugar en él la educación clásica, mientras que los pueblos donde falta esta última no desempeñan papel alguno en el mundo de las ideas, sea cual sea su importancia numérica y por grande que haya sido su gloria pretérita".


El profesor de Oxford Cyril Bailey, escribe en Education of Today:


"Un antiguo alumno mío se dedicó a los negocios y solía llevar en el bolsillo cuando iba a la oficina un Homero o un Virgilio. Sus compañeros bromeaban diciendo: "Puede tener algún sentido el aprender lenguas modernas, pero ¿para qué valen esos latines y griegos?" "Para nada, gracias a Dios", contestó él. Tal vez concedió demasiado, pero de todos modos tenía razón. El valor de la educación clásica no se apoya en la inmediata utilidad. Tiene un fin mucho más elevado que cualquier utilidad profesional: el entrenamiento de la inteligencia y el carácter para afrontar la vida con sus problemas, y el llenar el alma, como decía Platón, "de brisas que soplan de parajes amenos".


Finalmente, téngase bien presente que el propósito próximo de estos Estudios Comunes, es suplir con carácter terapéutico, tratando de llenar, las deficiencias o lagunas de formación con que el joven, nuestro joven, se presenta ante el umbral universitario. En este aspecto, los Estudios Comunes son la "ancilla" que abre camino expedito a las diversas disciplinas que forman el núcleo de cada carrera. No es una desatención a las Ciencias Particulares, ni muchísimo menos. Al contrario: se trata de garantizar el rendimiento del alumno en cada una de ellas, según la carrera; y de que no se conviertan, clausurados en la celdilla de un saber, en los pachones de asador criticados por Ortega y Gasset. Humanizar al alumno es humanizar las ciencias; humanizar las ciencias es tanto como ubicar al ser humano en la posición de Dédalo, y evitar el "miser puer in undas cadat".

Nuestro afán en la búsqueda de la sensatez perdida, tras de la cual corre el Studium Generale Costarricense, deberá ser intenso y estar en constante vigilia, para que los Estudios Comunes cumplan con su cometido.
El Humanismo reconocido universalmente como tal, con nombre propio y apellido, surge al derrumbarse la Edad Media en el Viejo Continente con el Renacimiento; Campanella, Francis Bacon, Tomás Moro, Erasmo, Juan Luis Vives y otros más serán en esa época sus abanderados. Irá en muchos casos acompañado ese humanismo de la exposición de utopías, de la proposición de mundos futuros hechos a la medida de la felicidad de todos y cada uno de los seres humanos, en los que el principal valor existencial de la vida sea precisamente el ser humano, al margen de posiciones sociales y riquezas materiales... y, en esa medida, ya desde un principio el humanismo era una descalificación de la sociedad capitalista, que también entonces emergió, y de sus valores existenciales resumidos en el tríptico "Tener y Poder para entonces Ser". Incluso fue una crítica sin contemplaciones y a fondo de toda la civilización capitalista que vendría, y en donde esto está mejor plasmado es en la obra de Tomás Moro. En su Utopía, Moro pone en boca de su personaje principal el siguiente juicio lapidario: "No paréceme menos cierto, amigo Moro -ya que quiero deciros lo que encierra mi espíritu-, que doquiera exista la propiedad privada, donde mídase todo por el dinero, no se podrá conseguir que en el Estado imperen la justicia y la prosperidad, a menos de considerar justo un Estado en que lo mejor pertenece a los peores, y como próspero un país en que unos cuantos individuos se reparten todos los bienes, disfrutando de todas las comodidades, mientras la mayoría vive en miseria grande [...] Es por tal motivo que estoy persuadido de que el único medio de distribuir equitativamente los bienes y de asegurar la felicidad de la sociedad humana es aboliendo la propiedad. Mientras ésta subsista, la mayoría de los mortales, y entre ellos los mejores, conocerán las angustias de la miseria, de todas sus calamidades inevitables; situación que, aunque puede ser susceptible de ser mejorada, considero ahora que no puede ser evitada de manera total [...] Leyes tales, parecidas a los remedios con que se trata de reanimar un cuerpo enfermo, pueden ser paliativos y aliviar los males del cuerpo social; pero no habrá ninguna esperanza de curarlo ni de devolverle la salud, mientras se mantenga la propiedad privada". ¡Más claramente no podía hablar Moro!... parecería que estamos leyendo a Carlos Marx. Y aunque suene a una gran exageración de mi parte, casi yo diría que también a Lenin porque, lector, habrás observado en los textos anteriores que Moro repudiaba los "paliativos" y remedios a medias para la sociedad humana que no implicaran erradicar a fondo la propiedad privada, digamos que no había para él "caminos dulces y paulatinos" que, "casi sin notarse", lograran el cambio de civilización a la utopía. Eso en física lo llamaríamos: "la necesidad de un cambio cualitativo de fase para pasar de un estado de la materia a otro distinto", rupturas... y en sociología tiene un nombre muy simple: cambio revolucionario. ¡Así se las gastaban los humanistas del Renacimiento! Y como Moro con otras palabras, maneras y matices, prácticamente todos ellos... ¡Sí, proclamaron como primer valor existencial de la vida al ser humano!, pero también dijeron que había de ser un ser humano nuevo, pleno de sinceridad, comprensión y tolerancia, y así de integridad, generosidad y solidaridad, añadiendo que ?y éste es el "pequeño añadido que importa"- tal cosa no sería posible más que aboliendo la propiedad privada de la riqueza material, lo que fue tanto como poner en el banquillo de los acusados a toda la civilización humana desde que arrancó, hará siete mil años con la llamada Revolución Agrícola, al dejar de ser nómada el ser humano. ¿Exagero al decir esto último?... No, es un hecho poco conocido, pero cierto, que todas las utopías de mundos futuros mejores del renacentismo, me refiero a las que ya se escribieron después del descubrimiento de América por parte del Viejo Continente, tuvieron implícita (y a veces, explícitamente) como modelo el imaginar que en el continente recién encontrado sus aborígenes habían realizado al estado natural esas utopías sociales soñadas. E imaginar eso fue descalificar implícita, pero totalmente, a toda la civilización nacida en el Viejo Continente desde que un antropoide hace milenios se irguió, transformándose en ser humano, y abandonó la vida de pequeños clanes nómadas para asentarse y crear "Estados, instituciones, clases sociales y legislaciones", siempre al servicio del más poderoso y con un alma llamada egoísmo y violencia. Pero al plantear así el humanismo renacentista la historia de la humanidad estaba entonces diciendo que no había cambiado nada (civilización torcida) en siete milenios... el cambio "utópico" debía ser, pues, a fondo. O como, de vivir aún aquellos humanistas renacentistas, nos hubieran hoy dicho: sin "parches, concertacesiones ni retoques de fachada del mal llamado Estado de derecho" (¿del 'derecho' de quién?)... pues esos humanistas odiaban la mentira.

¿He dicho 'mentira'? Si el ser humano nuevo que soñaban aquellos humanistas de antaño debía ser paradigma de sinceridad e integridad, entonces la mentira, ¡moneda de uso corriente en nuestros días y lugares!, había que aniquilarla o al menos mandarla a un eterno exilio. En aquel Renacimiento de antaño otros humanistas, siglo XVI, truenan también contra la mentira. Montaigne, por ejemplo, no sólo la condenó en sus Ensayos, sino que demostró que era humanamente impracticable, pues para mentir se necesita una infinita memoria para no contradecirse de un instante al otro, pues lo que es falso y no se ha vivido, se reinterpreta y justifica a cada momento con explicaciones que varían y se contradicen. Por cierto que Montaigne, admirador como buen renacentista de esa civilización greco-latina que se supone fue el santísimo dúo que dio origen en Occidente a lo que llamamos cultura, era escéptico (epicúreo) y por ello en el fondo consideraba que el único remedio para la especie humana, contra sus violencias y egoísmos, era retornar al estado natural de sus comienzos y la naturaleza... y algo así diría también en el siglo XVIII Rousseau. En fin, el humanismo se heredaba a sí mismo para insistir siempre en lo mismo: desde que el mono humano anda erguido e inventó lo que él llamó civilización para justificar la avaricia respecto de los bienes materiales a apropiarse individualmente, sin importar las mil violencias que todo ello costara, ¡lágrimas y sufrimientos para los muchos!, nada anda bien, y los remedios son, o bien crear un mundo utópico desarrollado en donde la apropiación individual ya no exista, o bien intentar lo mismo retrocediendo al estado natural de origen... extremos, a la manera de un Moro o un Rousseau que, finalmente, se aprietan la mano... y sólo entonces nacería un ser humano nuevo, lleno de virtudes éticas y altos ideales existenciales, nacimiento que no puede ser hijo de "parches y reajustes morales convenientes", sino de una ruptura con el presente que sigue siendo como el ayer. Lector, ¡el verdadero humanismo, desde sus orígenes renacentistas, siempre fue eso!... De alguna manera se podría decir que fue luchar por la felicidad de todos los seres humanos, al margen de su condición social y bienes materiales buscando la tolerancia, pero siendo intolerantes con la intolerancia. Por profesar estas ideas y así ajustar sus actos en la vida a ellas, la intolerancia de una civilización egoísta sacrificó a varios humanistas. Moro terminó en el cadalso por defender sus convicciones religiosas; Campanella pasó 27 años en cárceles napolitanas de la Inquisición por oponerse a la opresión jesuita; Giordano Bruno fue quemado en Roma por libre pensador y, más o menos, así fue la suerte de otros... y es que la lucha del Humanismo contra las mil intolerancias e intereses creados de una civilización enferma de egoísmo jamás fue fácil y, desde luego, nunca fue mansedumbre ni ilusa creencia de que la civilización torcida que arrastramos ya desde hace tantos siglos cambiaría "dulce y paulatinamente". Ciertamente la cultura es la mejor medicina para, al transformar la conciencia interna de los seres humanos, propiciar que el mañana no cueste muchas lágrimas... pero algunas costará porque, nos plazca o no, habrá aún algunos seres humanos dominantes y aprovechados individualmente de tal poderío que se deberá apartar a un lado, "siendo intolerantes con la intolerancia". ¡Y es que la mansedumbre social, llegados los tiempos a ciertos extremos de crisis de civilización puede ser un delito de lesa humanidad! Decir lo contrario sería mentir y, como decía Montaigne, no conviene hacerlo, pues se termina cayendo en mil contradicciones que nos muestra la realidad... y además, después de todo, lo más inhumano es mentirle a un ser humano, engañarle, una abominable falsificación del humanismo, antihumanismo.

El problema es que, andando el tiempo y a medida que se fue consolidando históricamente la burguesía, el humanismo fue mistificándose hasta quedar sólo convertido en una etiqueta que nada tiene que ver con lo que fue en sus orígenes. Tengo para mí que esto fue realizado en dos etapas cruciales diferentes, pero consecutivas, una en el siglo XIX y la siguiente ya en nuestros días como consecuencia de la desesperanza que causó el derrumbe del llamado socialismo real:

El siglo XIX es el del triunfo del liberalismo como ideología de la burguesía que en ese siglo afirma su poder. Proclamó la "libertad individual" y la "igualdad de los seres humanos ante la Ley y el Estado", pero proclamando como intocable el sacrosanto derecho de la propiedad privada creando un Estado que, finalmente, aseguró el dominio social de los grandes propietarios... había, pues, "iguales, pero unos eran mucho más iguales que otros", los que poseían la riqueza y eran, y siguen siendo, los únicos verdaderos "ciudadanos libres". El liberalismo creó la ilusión en las clases medias de que "todos podemos llegar a la cima social por esfuerzo propio" y "justificó" la opresión de las clases trabajadoras y marginados por "incapaces de abrirse camino"... el único derecho en el Estado liberal estaría así siempre de la parte del derecho del dinero y de sus poseedores, al permitir ese Estado un laissez faire, libertad de acción social para el capital y sus detentadores, y simultáneamente un fajar y limitar a los desheredados. El "triunfador'" social en tal sociedad liberal, por citar un ejemplo, ya lo había prefigurado literariamente Daniel Defoe en 1919 en su Robinson Crusoe: el hombre que "sube" y se enriquece apoderándose de todo y "haciéndolo producir"... y no es trivial que en esa obra literaria Robinson Crusoe necesitara del trabajo humilde y abnegado de un negrito casi esclavo, el famoso Viernes. Y por una maniobra ideológica de descomunal falsificación de la historia, la burguesía dominante del siglo XIX etiquetó finalmente al liberalismo como "humanismo"... cuando que, como hemos visto, todo el Humanismo al surgir en el Renacimiento, lo primero que condenó como atentatorio contra el ser humano fue la existencia de la propiedad privada, de la apropiación individual de las riquezas materiales. ¡Vaya cara dura de los falsificadores de la historia!

Contra ese liberalismo seudohumanista se levantó, ante todo a lo largo del siglo XIX, el pensamiento socialista, aun cuando también antes de eso hubo pensadores, como los franceses Sismondi en 1819 y Buret en 1842, que condenaron horrorizados ese Estado liberal diseñado exclusivamente a favor de la riqueza y opresor de los desheredados. No tuvo a la postre éxito el socialismo en esa lucha del siglo pasado... hasta que, comenzando el siglo XX, llegó en Rusia la Revolución de Octubre de 1917, pero infortunadamente ya sabemos qué pasó entonces, y desde allí hasta la caída del socialismo real: por una reacción histórica secular se osciló totalmente al extremo contrario desnaturalizándose los verdaderos ideales socialistas, se condenó totalmente al ser humano como individuo en el altar único de un mítico hombre masa, cuyo control y destino se fueron reservando cada vez más intensamente unos cuantos pastores sociales y big brothers que expropiaron la sociedad sintiéndose, a la manera de un Luis XIV, que el Estado y todo lo eran ellos. Las consecuencias de todo ello han sido, ante el alborozo de los amos de la civilización capitalista, la aparición en muchos de una indiferencia y un escepticismo, ¡falta total de fe en el futuro!, que alimenta aún más el egoísmo inherente al liberalismo "al tirar cada uno para su santo", sin importar el dolor ajeno... y en otros muchos, en sectores básicamente pertenecientes a las nuevas generaciones, el surgimiento de un falso humanismo puesto que es, ¿cómo diré?, "un quite por las afueras escurriendo el bulto", pues se trata de una automarginación de la sociedad real en un alejarse de ella como quien, en el aislamiento, busca oníricos paraísos no existentes abandonando toda lucha concreta por un mundo mejor y los escenarios sociales en donde hay que darla... todo ello muy usualmente acompañado de la condena abstracta de toda violencia. Esta posición huye de la Razón y condena incluso a la Ciencia (sin definir cuál ni cómo) por aética transformándose en un esoterismo y una metafísica "trascendente" que no reconoce la realidad... en un olvidar que, ¡como dijeron los humanistas del Renacimiento!, si hay múltiples violencias es porque las provocó el egoísmo antes y el egoísmo fue históricamente fomentado por la existencia de la apropiación individual de la riqueza material, en lo que ya llevamos engolfados unos siete mil años. Un "pequeño olvido" que, como ya mostramos en el artículo anterior, se llama 'mansedumbre social', que por ello a los históricamente desmemoriados les parece "humanismo integral", pero que no deja de ser más que un antihumanismo, sí, una abominable falsificación del humanismo. ¿Qué hacer ante todo esto?... Tenemos que abordar otros temas antes de llegar a ese crucial problema.
19/04/2005
hallowen, usuario preguntando en Filosofía
Usuario
Muchísimas Gracias. Un beso
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